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El Fuego de Azgard

Capítulo 2

El Fuego de Azgard, CAPITULO 2: Reencuentros (Escenas 1 y 2)

El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

     

   

           

      

         

*  *  *  *  C-2 / E-1  *  *  *  *

        

         

Amanecía. La cálida luz del sol dibujaba rayos que atravezaban los huecos entre las nubes al horizonte. El trinar de los pájaros se conjugaba con el murmullo del follaje de los árboles mecido por el viento.

Monfalcon despertó lentamente. Había pasado la noche dentro de una cueva, envuelto en una frazada y cubierto por su larga capa. Su corcel aguardaba junto a él, pacientemente.

-¿Tienes hambre… caballo? –El muchacho atinó a decirle, en medio de un enorme bostezo. –Porque yo si tengo hambre… Vamos al Lago de Carucedo, quizás pueda pescar algo para desayunar, y mientras llegamos creo que sería bueno buscarte un nombre… “Caballo”, ¡vaya, qué original soy…! Ven, vámonos…

El muchacho sujetó la rienda de su montura y le dio un par de palmadas afectuosas. Su noble compañero relinchó con agrado.

          

Niebla…! Suena bien ese nombre… - O´Donovan pensó en voz alta, mientras él y su caballo atravezaban un romántico sendero del espeso bosque, cubierto por una tenua capa de neblina. -¿Y por qué no llamarte Lucero? ¿Te gusta…? ¿Qué te parece Alborada…? No, creo que esos nombres son como para una yegua… Déjame buscarte otro…

         

-Tiene que ser un nombre que resalte que tu color es blanco. –Reflexionó más tarde Monfalcon en su conversación con su montura, sentado él a la orilla del lago, mientras esperaba que algún pez mordiera el anzuelo de una improvisada caña de pescar hecha con una rama y un cordel. –Color blanco, pálido como un cirio… ¡Ya sé! ¡Te llamarás Sirio, como la estrella más brillante del firmamento!

Su fino caballo relinchó dando dos pasos hacia atrás con desdén.

-No te gustó, ¿verdad…? Bueno, a mí tampoco me gustó mucho. –Dijo el muchacho y luego agregó con una sonrisa juguetona y traviesa. –Pues creo que te puedo llamar así:  ¡Cuaco!  ¡Penco!  ¡Jamelgo!  ¡Patas flacas!  ¡Colita de trapeador…!

Y el chico lanzó una carcajada que hizo eco en la campiña, una risa estrepitosa que sólo terminó cuando se dio cuenta de que otra risa, candorosa y femenina, le acompañaba…

            

-¿Qué tal si le llamas Centella? –Le preguntó al muchacho una voz suave, delicada, que se oyó ahogada por la distancia.

Monfalcon buscó a su alrededor con la mirada, poniéndose de pie súbitamente a la orilla del lago. A lo lejos, junto a unos roquedos, una jovencita le miraba con una sonrisa hermosa dibujada en su rostro. Los rayos del sol bañaban con su luz el espejo de las aguas. Mil destellos luminosos danzaron en la superficie del lago, y sus reflejos pintaron brillantes luceros sobre la tez apiñonada de la doncella.

El muchacho quedó paralizado unos instantes, sorprendido. Ella le estaba regalando una sonrisa como nunca antes le habían obsequiado… De pronto, algún animal grande mordió el anzuelo de su rudimentaria caña de pescar y un fuerte tirón le hizo perder el equilibrio. ¡El chico cayó estrepitósamente al agua!

       

Empapado, avergonzado, el muchacho buscó ponerse en pie rápidamente, con tal torpeza, que resbaló y volvió a caer en el agua. Su caballo relinchaba, divertido.

Finalmente, Monfalcon pudo salir del lago casi a rastras, cubierto de fango, con la respiración agitada. Se talló fuertemente los ojos y volteó hacia la orilla del lago donde estaba la muchacha… Los reflejos del sol sobre el espejo de agua pintaron luceros sobre las rocas inmutables, silentes… y ella, ya no estaba…

              

          

*  *  *  *  C-2 / E-2  *  *  *  *

        

         

La juguetona risa de un niño llamó la atención de Monfalcon, muy cerca de él.

-¿Qué haces aquí? –Le preguntó el muchacho, mientras buscaba sacudirse el exceso de fango en sus ropas.

-Me estoy riendo…

-Sí, ya me dí cuenta… -Refunfuñó aquél, exprimiendo su capa mojada. -¿Tu vives aquí?

-Ajá.

-¿Conoces a la chica que estaba hace rato junto a las rocas?

-¿Cuál? –La ingenua mirada del niño buscó a lo lejos.

-La jovencita del lago… la que me vió hacer el ridículo…

-¿La Dama del Lago…?  ¡Ah, si!  Es la “xana”, se llama Carisia, mi papá me dijo que todos los años en la víspera de las fiestas de San Juan sale a la orilla del lago para buscar a su enamorado…

-No, mi niño, yo estoy hablando de una mujer de carne y hueso, no me refiero a la mujer de la leyenda de Carucedo

-¡Pues era ella! –Replicó el niño. –Aquí sólo vivimos mi papá y yo…

        

Halconcito…! –Gritó una ronca voz a lo lejos. -¿Dónde estás?

-¡Ya voy papá…! –Respondió el chiquillo, y salió corriendo hacia la espesura del bosque.

Monfalcon permaneció un momento en silencio. Sacudió la cabeza como si despertase de un sueño. Una extraña sensación recorrió su cuerpo. El muchacho recordó que cuando él era un niño, su padre solía llamarle con un sobrenombre cariñoso basado en su nombre: Mon-falcon, “falconcito”…

-Las casualidades no existen… -Se dijo mientras se quitaba la ropa sucia para lavarla. –Algo está pasando aquí. ¿Serán señales que me envían del cielo?

Su corcel relinchó como si le concediera la razón.

-No sé qué planes tenga el destino… -Le comentó a su caballo. -Por lo pronto nos vamos a tener que bañar y luego seguiremos buscando el desayuno… Centella

Y el chico sonrió mientras agitaba ligero su cabeza.

              

           

*  *  *  *  C-2 / E-3  *  *  *  *

        

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