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El Fuego de Azgard

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 3, 4 y 5)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de varias escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

        

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-3  *  *  *  *

        

         

El hombre de las ropas desgarradas sentía el batir de su corazón, agitado, veloz. Una docena de maleantes comenzaron a rodearlo con las espadas dispuestas para usarlas, miradas amenazantes, rostros sombríos.

De pronto, el ruido de un potente golpe llenó el espacio, las puertas de la taberna habían azotado violentamente al abrirse de par en par.

-¡Viene la Guardia...! –Gritó alguien asomándose al interior del local y los cascos de caballos al galope se dejaron oír cercanos, el sonido agigantándose velozmente.

-¡Vámonos, rápido!

Convertida en un auténtico tropel, la gente abandonó la taberna hecha una pocilga. El tabernero quedóse tras la barra, mirando impotente su destrozado negocio, donde solamente quedaba aquél andrajoso junto al cadáver de su rival.

     

El tipo mugroso descansó la punta de su fina espada en el piso, y apoyó su cuerpo en ella a manera de báculo para arrodillarse ante el cuerpo de Damián. Aún se oía el chocar de los cascos de los caballos sobre el empedrado, cuando su mano buscó la inerte diestra de su enemigo para quitarle un anillo de plata que portaba en el meñique. Una alianza ornamentada con una luna resplandeciente.

-¡Desmonten! –Oyóse una potente voz proviniendo desde afuera, y el ruido de hombres bajando de sus monturas frente la taberna.

El harapiento, sin embargo, con movimiento pausado, colocó aquél anillo de plata en su propio meñique. Cerró furtemente los ojos, y jadeante, recargó su frente en la empuñadura cruciforme de su espada, los largos y sucios cabellos cubriéndole el rostro. Su boca se abrió apenas para susurrar estas palabras:

-Ahora podemos descansar en paz, madre mía... –Sacó de entre sus harapos una daga, apuntó la filosa hoja de acero hacia su corazón, y se mordió los trémulos labios para no derramar una lágrima...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-4  *  *  *  *

        

         

-No te muevas... – Ordenó una voz rasposa, al tiempo que la punta de una espada se posó sobre el hombro del harapiento que, aún arrodillado, daba la espalda a su agresor. La filosa hoja de acero se acercó a su cuello.

-¡Arréstenlo! –Gritó el tabernero haciendo aspavientos de ira con sus manos. -¡Él inició una pelea y mató a ese hombre!

-¿Qué tienes que decir a tu favor? –El oficial de la Guardia mantuvo su espada junto al cuello del desarrapado, al preguntar.

-La justicia desciende a veces por la mano de los civiles... –Respondió aquél. –Yo no maté a un hombre, libré a este mundo de la serpiente...

     

Extrañóse el oficial ante la respuesta del harapiento. Su lenguaje no era típico de quien vistiese tan pobremente como él.

Después agregó el mugroso:

-Quien yace frente a nosotros es Damián, “La Serpiente”...

Y con una mirada, el oficial indicó a uno de sus hombres que revisara el cadáver.

El otro oficial de la Guardia empujó con su bota el inerte cuerpo para colocarlo boca arriba y la sorpresa se dibujó en su rostro.

-¡Es Damián, el ladrón y asesino! –Exclamó al tiempo que notaba cómo la mano del desarrapado aún sotenía la filosa navaja junto a su pecho. -¿Qué diantres estás haciendo? ¡Suelta esa daga! ¡Ahora!

El andrajoso permaneció unos instantes inmóvil, titubeante... Suspiró profundo, tembló su pulso... y soltó la daga.

          

-¡Arroja tu espada al piso! –Le ordenó el oficial que estaba a sus espaldas, y escuchóse el sonido del acero cruciforme del harapiento al caer sobre la duela.

-¿Quién eres? –Le preguntaron.

El tipo mugroso levantó su rostro, miró por encima de su hombro al guardia que hallábase tras él, y le dijo casi jadeante: -Soy Monfalcon...

Luego sacudió la cabeza como si despertase de un mal sueño y repitió casi para sí mismo, cerrando los ojos. –Soy Monfalcon O´Donovan.

Y la luz se extinguió rápidamente para él...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-5  *  *  *  *

        

         

Los ojos del harapiento se abrieron pesadamente. Una intensa oscuridad le rodeaba en un lugar desconocido. Estaba sobre un lecho, en una habitación casi desprovista de mobiliario, con una ventana minúscula cerrada con gruesas puertecillas de madera.

Un crujido, y luego, el agudo rechinar de una puerta que se abría rompió el silencio. La tenue luz de una lámpara de aceite iluminó la figura de un hombre en el umbral.

-¿Es tu primera vez en una celda? –Dejóse oir su voz, suave, afable.

-S-sí... –Respondió Monfalcon y buscó incorporarse. Después agregó. -¿Y tú?

-Yo vivo en una celda como esta... –Sonrió aquél desconocido, apartó de su cabeza una capucha y acercó la lámpara para iluminar su rostro. –Este es mi hogar desde que tomé los votos hace treinta años.

Era un anciano fraile quien ingresaba a la habitación.

-Estás en el monasterio de la Orden de San Francisco. –Le dijo. –Bienvenido, soy el Padre Bernardino.

     

-Es un placer conocerlo... –Atinó a decir el harapiento. -Yo soy Monfalcon O´Donovan.

-Lo sé. –El religioso puso la lámpara sobre una repisa, acercó una silla junto al lecho y agregó mientras sentábase en ella. –Curioso nombre, ¿sabes...? ¿Francés o inglés?

 -Soy español. Nací en Toledo. –Respondió. –Mi padre es irlandés, mi madre... mi madre era del sur de Francia.

-¿Era?

-Sí...

-Dios sabe porqué hace las cosas, hijo mío... Fray Bernardino puso su mano sobre la cruz del rosario que portaba en el cuello. –Y tú, ¿sabes por qué estás aquí?

El harapiento negó con un ligero movimiento de su cabeza.

-El capitán Yáñez de Vera te trajo para que te atendiera... ¿Hace cuánto tiempo que no comes ni descansas lo suficiente?

       

-No importa. –Apresuró el fraile. –Mañana a primera hora vendrán por ti para llevarte al cuartel de la Guardia. Supongo que sabes porqué no estás en prisión esta noche luego de lo que hiciste...

-Creo saberlo. –Sentóse Monfalcon en la cama. –Pero eso no importa... Ya tuve mi recompensa y aún estoy vivo... ¿Me puedo ir?

-Temo que no, hijo mío. –Rechazó el anciano gentilmente. –En verdad me sorprende que pidas irte ahora. Cualquiera en tu lugar esperaría el día de mañana con gran ansiedad, pero tú, tú no...

        

-Quédate sólo esta noche. –Ofreció el religioso con una sonrisa y posó su mano sobre el hombro del desarrapado. –Hablemos. Cuéntame tu historia mientras compartimos el pan, el vino, y después, después harás lo que debas hacer...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-6  *  *  *  *

         

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

 

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