El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 6 y 7)
El texto siguiente es sólo un borrador de varias escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)
* * * * C-1 / E-6 * * * *
-Sucedió siete años atrás, durante los festejos a Santiago Apóstol... –Escuchóse la voz de Monfalcon haciéndo eco en el refectorio del convento. Fray Bernardino atendía. –Yo apenas era un chiquillo de catorce años...
El hombre desarrapado cerró sus ojos y guardó silencio un instante. Las imágenes de aquella época se desbordaron en su mente, tan vívidas como si fuesen del día anterior.
El joven Monfalcon y sus padres iniciaron la ruta jacobea para atravezar el norte de la península, desde la frontera con Francia por Roncesvalles, recorriendo a pie Estella, Burgos, Astorga... hasta llegar a la ciudad de Santiago de Compostela aquella mañana del 25 de julio.
Su padre era un hombre barbado y ligeramente encanecido, humildes ropajes, más sin embargo, su porte gallardo inspiraba respeto. Su madre vestía a la típica usanza de la raza calé, su bella faz enmarcada por grandes arracadas semiocultas por la abundante cabellera. El joven Monfalcon veíase también arropado modestamente, rostro y alma de niño.
La plaza ante la Catedral de Santiago estaba llena durante la romería, con el bullicio de los peregrinos y los mercaderes, los aromas de comida y flores, el incienso de las procesiones.
-¡No juegues con esa espada! –Reprendió su padre a Monfalcon con tan sólo mirarlo acercar su mano a la fina espada cruciforme que portaba su madre sobre el pecho. La misma espada con la forma de una Cruz de Caravaca.
-Te aseguro que no vá a desprender el damasquinado de la empuñadura, querido... otra vez... -Intervino la hermosa, al tiempo que tomaba al hombre de su brazo.
-¡Mamá! –Replicó el muchacho con enfado.
-Recuerda que no es una espada común, hijo. –Afirmó ella. –Es una espada ritual muy antigua que trajo tu padre de Irlanda como recuerdo familiar y que...
-...y que hemos traído a Compostela para consagrarla. –Apresuró Monfalcon. –Entendería porqué conservamos una espada como si fuera un crucifijo en nuestro oratorio si me dijeran cuál es su importancia... Creo que las espadas son para usarse, no para rendirles culto.
-No es un culto a la espada, bien lo sabes. –Señaló el padre. –Es la importancia de los símbolos conjugados en ella, y que tu comprenderás cuando estés listo para hacerlo. Por eso mandé ornamentar la empuñadura con hilos de oro y plata... Si atendieras lo que te digo en el laboratorio lo entenderías...
-Yo no quiero ser alquimista como tú, papá... –Detúvose el muchacho. –Yo quiero ser Capitán de la Guardia...
-¡Por favor! No otra vez. –Refunfuñó su padre. -¿No ha servido de nada que yo me esforzara en darte una educación privilegiada, ni traerte a peregrinar por el Camino de Santiago? ¿Aún prefieres arriesgar tu vida segando la vida de otros en lugar de salvar tu alma?
-Richard, por favor... –Trató contenerle su esposa.
-Deja que el muchacho conteste, Selene.
El joven Monfalcon respondió con la vista baja, mirando al suelo, más con voz firme: -Sólo creo que la gente nos vería con mejores ojos si fuésemos una familia normal como las demás... – Sus palabras enmudecieron a sus padres. -Me duele pensar que para salvar el alma deba sacrificar el vivir mi vida... ¿Es necesario que para ello no sólo me mantenga hermético y aislado, con una existencia casi monástica, si no que además sea blanco de las burlas de la gente?
-Ora et labora... Ora y labora, reza y trabaja... Yo no sé si valga la pena vivir de esa forma. –Agregó el muchacho con la mirada buscando los ojos de su padre. –Tu ciencia quizás llegue a salvar almas, pero ¿será capaz de salvar vidas?
Richard enrojeció y apretó sus labios. Estuvo a punto de soltar una bofetada sobre la faz del chico.... Estuvo...
El hombre bajó la mirada, tomó el brazo de su esposa... y continuaron en silencio su camino rumbo a la Catedral.
* * * * C-1 / E-7 * * * *
-Me porté como un estúpido insensible y ruin... –Reconoció el Monfalcon que confesaba su pasado a Fray Bernardino. Suspiró. Y continuó su relato. –A la siguiente mañana, tras bendecir la espada, salimos a pie de Santiago de Compostela. Ibamos hacia un pueblito cercano donde nos informaron que podríamos comprar unos caballos a buen precio para volver a Toledo...
El ayer desbordó nuevamente transfigurado en imágenes y sonidos dentro su memoria.
Richard, su padre, por fín había accedido a permitir que Monfalcon portase la espada consagrada, envuelta en un gran trozo de áspera tela café oscuro, la misma tela que usaban para confeccionar los hábitos de los frailes. La familia caminaba apartada del resto de la gente, un numeroso grupo de peregrinos avanzaban por la misma ruta detrás de ellos, distantes, en el tortuoso camino de terracería.
Un recodo en el camino... Los espesos arbustos impidiendo ver más adelante, el sonido de cascos de un caballo acercándose.
Richard hizo lo que tantas veces hiciera durante la peregrinación: Con una mirada sobre los bellos ojos de Selene, le indicó que se quitase la valiosa sortija de compromiso hecha de plata que llevaba puesta, mientras él hacía lo propio con su alianza de oro, para ocultarlas entre sus modestos ropajes.
Un hombre montado salió a su encuentro, acercándose pausado. El jinete se aproximó con el rostro bajo, la faz semioculta por el ala ancha de su sombrero.
-¿Cuánto falta para llegar a Compostela? –Le preguntó a Richard, tras levantar su brazo a manera de saludo.
-¿A caballo? Una hora... –Respondió el padre de Monfalcon, acercándo el grácil cuerpo de Selene un poco más junto al suyo.
El jinete alzó su rostro. Para la familia O´Donovan, el hombre era un desconocido de piel oscurecida por el sol, cicatrices surcando la mejilla, mirada penetrante, casi siniestra... Era Damián...
Un instante incómodo. Damián observó a la humilde familia detenidamente, en silencio. Notó el extraño bulto que el joven Monfalcon cargaba entre sus brazos. Parecía una cruz cualquiera envuelta en la tela, como muchas otras. El desdén se dibujó en su mirada al girar su cabeza... y arreó a su caballo para seguir su camino.
Richard y Selene apuraron el paso, inquietos por aquél extraño encuentro, buscando apartarse del jinete lo más rápido posible. Monfalcon, sin embargo, permaneció allí temeroso, contemplando al hombre al alejarse.
-Hijo, nunca mires atrás... –Le dijo su padre, el muchacho asintió en silencio, dio tres pasos apresurados sobre el accidentado camino y... tropezó.
Monfalcon vió la espada escapar de sus brazos girando en el aire, desenvolviéndose de la tela, mientras él caía de bruces pesadamente al suelo. Y después, el inconfundible sonido del acero botando sobre las rocas expandióse en el silencio de la campiña.
Damián lo escuchó... Volteó su rostro, vió la fina espada cruciforme tirada en el camino... Y sonrió maliciosamente...
* * * * C-1 / E-8 * * * *
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