El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 12, 13 y 14)
El texto siguiente es sólo un borrador de varias escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)
* * * * C-1 / E-12 * * * *
Una densa neblina cubrió la ciudad a la mañana siguiente. Dos oficiales de la Guardia esperaban ante el portón del monasterio de San Francisco, montados a caballo, custodiando un carruaje. A lo lejos, la campana de la Catedral tañía pesadamente.
Un crujido, y luego, se oyó el sonido del grueso portón al abrirse. Fray Bernardino salió del monasterio acompañado por un hombre con botas lustrosas, gruesa capa oscura envolviéndo su cuerpo y sombrero de ala ancha cubriendo su rostro al bajar la escalinata frente al monasterio. En silencio, ambos abordaron el carruaje, y tan pronto como hubieron subido, el cochero arreó los corceles para marcharse...
Más tarde, el carruaje escoltado se detuvo dentro del patio en el Cuartel de la Guardia, junto a un segundo vehículo que ya estaba aparcado. Aquél carruaje llevaba plasmada en su portezuela una cruz roja sobre fondo blanco: Era la bandera de la Santa Hermandad de Castilla, la unidad militar que defendía de los delincuentes a caminos y poblados.
El Padre Bernardino y su acompañante bajaron del vehículo, y seguidos por la escolta, subieron la majestuosa escalinata a la entrada del Cuartel de la Guardia. El hombre encapotado se detuvo un instante sobre los escalones, y se quitó el sombrero de ala ancha que no permitía ver su rostro. Su faz jovial imberbe, oscurecida por las jornadas bajo el sol, hallábase enmarcada por una larga cabellera negra y ensortijada. Un rostro que combinaba formas armoniosas, elegantes, con marcados razgos gitanos. Sus grandes y expresivos ojos castaños buscaron en lo alto y contemplaron por un momento el escudo de la Guardia labrado y policromado en los portones: Paño verde cuadrangular con el escudo de los Reyes Católicos, el águila de San Juan custodiada por granadas en los cuatro ángulos del cuadrado.
-Vamos, Monfalcon... –Le dijo Fray Bernardino al empujar una hoja del portón. –No te detengas, sigue siempre adelante...
El muchacho de veintiún años asintió ligeramente, apoyó el sombrero sobre su pecho cubriendo el rosario que enmarcara su camisa blanca, y por un momento, al respirar profundo y mirar hacia adelante, el viento agitó sus largos cabellos y desplegó ligeramente su capa como queriendo invitarle a no quedarse inmóvil...
* * * * C-1 / E-13 * * * *
-Padre Bernardino, buen día... –Un oficial de la Guardia finamente uniformado inclinóse ante el fraile y besó la sortija que portaba en la mano. –Sea usted bienvenido.
-Capitán Yáñez de Vera, la paz de Dios esté con usted... –Le bendijo el franciscano al tiempo que el Capitán ofrecía su mano a Monfalcon a manera de saludo.
-Caballero... –El oficial le dijo al muchacho, quien estrechó su diestra.
-¿Y bien...? –Rápidamente, el Capitán se dirigió a Fray Bernardino. -¿Dónde está O´Donovan?
El Padre respondió con una ligera sonrisa, alzando las cejas: -Capitán, acaba usted de saludarle...
Yáñez de Vera frunció el ceño, sorprendido al ver nuevamente a Monfalcon.
-S-sí... Yo soy Monfalcon O´Donovan. –Se escuchó su voz con un dejo de timidez. Y se hizo un silencio incómodo por un instante...
-Padre Bernardino... –Finalmente dijo el Capitán. –Para ser santo se requieren tres milagros. ¡A usted ya sólo le faltan dos...! ¡Qué yo le llevé un hombre horrendo y lo ha convertido en un niño lindo!
Y todos estallaron en carcajadas...
-¡Ay, muchacho! –El Capitán palmeó el hombro de Monfalcon al hablarle. –Ayer lucías mayor que yo, y hoy pareces mi hijo. Si no fuera porque te acompaña Fray Bernardino yo no podría creerlo...
Monfalcon agradeció con una sonrisa y permaneció en silencio. Para él, los segundos que pasaron en ese instante fueron eternos. Se mordió los labios y su mirada buscó inquieta las pupilas del franciscano.
-Perdón... –Dijo. –Hace tiempo que... que no convivo con alguien. Me siento incómodo... ¿Ya me puedo ir?
-¿Cómo? –Sorprendióse Yáñez de Vera. –No entiendo eso de que no has convivido con alguien. ¿Dónde vives, a qué te dedicas?
-Y-yo... –Suspiró el muchacho. –He vivido en el camino, yendo de pueblo en pueblo...
-Monfalcon es un peregrino en busca de Dios, como todos nosotros... –Intervino el fraile. –Un hombre que busca hacer el bien...
-¿Y quiéres irte ya? ¿Ahora? –Le dijo Yánez de Vera.
-S-sí...
-No puedes irte aún. –Rechazó el Capitán de la Guardia. –Anoche fue casual que pasáramos cerca de la taberna donde te hallamos. Hoy te están esperando los oficiales de la Santa Hermandad de Castilla. Como bien sabes, ellos son los únicos responsables de perseguir, juzgar y ejecutar a los delincuentes como Damián. Por eso quieren verte...
El silencio reinó en el recinto por unos instantes. Después agregó Yáñez de Vera: -Ellos te están esperando, porque cuando un delincuente muy peligroso logra evadir la justicia por un largo tiempo, llegan a ofrecer por su cabeza una recompensa...
-Lo sé... –Musitó Monfalcon. –Pero no la quiero...
-¡Vaya! –Exclamó el Capitán. –Jamás había escuchado eso.
-Es un hombre que busca hacer el bien... –Recalcó Fray Bernardino, y luego señaló con una sonrisa franca. –Un tanto huraño y confundido, pero alguien que busca hacer el bien...
-Sí... –Coincidió el oficial mirando a Monfalcon. –Bien. Haremos lo siguiente: Voy a devolverte la espada que te incautamos anoche, y podrás irte... hasta después que hayas hablado con los soldados de la Santa Hermandad...
* * * * C-1 / E-14 * * * *
-Asesino, ladrón, revoltoso... –Escuchóse la voz de un oficial de la Santa Hermandad haciéndo eco en el recinto. –...Damián Fausto, quien se hacía llamar “La Serpiente”, llevaba años cometiéndo fechorías en todo el reino y ocultándose con otros como él... Hace tiempo que lo queríamos vivo o muerto...
Monfalcon escuchaba en silencio, acompañado de Yáñez de Vera, Fray Bernardino y un escribano, todos ellos sentados ante una gran mesa redonda iluminada por enormes ventanales.
-Ofrecimos una recompensa por su captura o muerte. –Continuó el militar dirigiéndose al muchacho. –¿Y tú la rechazas?
-Así es... –Respondió aquél. Luego, su mirada buscó los ojos del franciscano, meditó un momento y agregó. –La rechazo a favor del monasterio de San Francisco que está en manos del Padre Bernardino.
-¿Estás seguro de que quieres eso, hijo mío? –Preguntó el fraile. -¿Acaso tener unas monedas en la bolsa no sería un buen comienzo para... para tu vida?
Monfalcon acarició la alianza de su madre que portaba en el meñique y señaló: -La única recompensa que yo necesito es la que resulta de pacificar el alma... Ese dinero está manchado con sangre, Padre. En sus manos habrá de purificarse su origen destinándolo a obras pías...
-Entiendo. –Dijo el militar. –Entonces que el escribano indique como beneficiario a Fray Bernardino de Bedía, y los demás firmaremos el acta como testigos. El dinero le será enviado en los próximos días... ¿Hay algo más que pueda hacer por ti, O´Donovan?
-No, gracias...
-En realidad... –Intervino el Padre Bernardino. -...Creo que si hay algo en que pueden ayudarle. Desde niño quiso ser oficial de la Guardia...
Yáñez de Vera se revolvió en su asiento, meditativo.
-La Guardia es un cuerpo de élite destinado a la protección de reyes y lo más selecto de la nobleza... –Mencionó pausado. –Para ingresar a la Guardia no pueden evadirse los requisitos que la ley establece, como el ser hijodalgo, cierto linaje, ¿usted comprende...? Una situación que no creo sea el caso de este muchacho...
Monfalcon escuchaba en silencio. Él sabía que fuera de la inscripción en la espada de su padre, marcada con signos indecifrables y un idioma extraño para él, desconocía todo acerca de sus ancestros.
-Mal haríamos en violar la ley del hombre, pues a su vez quebrantaríamos el respeto a la ley divina. –Comprendió Fray Bernardino, y se dirigió al soldado. –Y, ¿qué me dice la Santa Hermandad?
-La Santa Hermandad de Castilla... –Dijo lentamente el militar, como escogiendo sus palabras. -...Tiene una misión que va más allá de la protección de bienes o personas. Es un llamado divino. Quien ingresa a ella debe dedicarse en cuerpo y alma al servicio en nombre de Dios, abandonando a su padre y a su madre, apartándose de sus seres queridos por el resto de su vida...
Monfalcon miró al oficial sin pronunciar palabra. El soldado de la Santa Hermandad le preguntó: -¿Te interesa ingresar?
-S-sí... –Atinó a decir el muchacho. –Creo que sí...
-Bien. –El militar se dirigió a Fray Bernardino. –Podríamos recibirlo si le otorgo una especie de salvoconducto y comprueba que no ha participado en actos delictivos, después de asistir y aprobar el entrenamiento correspondiente y rendir el solemne juramento, por supuesto...
-Muy bien, Monfalcon. –Le dijo el franciscano al muchacho. –Muy bien.
-Gracias, Padre. Ahora sólo resta una cosa... –O´Donovan volteó hacia Yáñez de Vera y señaló. –Necesito que me devuelva, por favor, la espada de mi padre...
* * * * C-1 / E-15 * * * *
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