El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 8 y 9)
El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)
* * * * C-1 / E-8 * * * *
-¡Arre..! –Damián espueleó a su montura, haciéndo que el corcel se abalanzara volviendo sobre sus pasos, en una carrera frenética, sin importarle que para llegar hasta la espada tirada en el camino... ¡Debía pasar sobre el cuerpo de Monfalcon!
Richard no titubeó. Corrió hacia el muchacho ayudándole a ponerse en pie y lo envolvió entre sus brazos. Más no pudo evitar que el jinete pasara derribándolos, arrojándolos violentamente sobre las rocas a la vera del camino. Al mismo tiempo, Selene recogió la espada y echó a correr por el verde prado, seguida por el maleante.
Monfalcon quiso incorporarse, sin conseguirlo. El cuerpo de su padre hallábase inmóvil sobre el suyo, aprisionándolo contra el suelo. Richard se había golpeado la cabeza contra las rocas, perdiendo el sentido...
Damián saltó del caballo en pleno movimiento, derribando a Selene, más ella no soltó la fina espada. La mujer se revolvió cual fiera acorralada para incorporarse rápidamente, el acero en mano, y buscó con la mirada a su atacante... Damián ya la esperaba de pie, con su espada desenvainada.
-¿Estás segura que sabes usar esa espada? –La socarrona voz del maleante llegó hasta oídos de Monfalcon, quien luchaba por escapar del abrazo de su padre inconsciente.
-¡Mamá, noo! –Gritó el muchacho. -¡Dále la espada...!
Selene miró a Damián, luego sus ojos buscaron en la lejanía. Allende, a cuatrocientos metros de distancia, los demás peregrinos parecieron notar apenas que algo malo estaba ocurriendo.
Ella tomó el acero con ambas manos y lo levantó hasta la altura de su hombro, amenazante.
-Antes de que puedas siquiera tocarme... –Rió burlón el delincuente, al tiempo que sacaba una daga. -...Esta navaja ya te habrá traspasado.
Richard al fín comenzó a moverse pesadamente. La mujer vió a su hijo luchando por ir a ayudarle. Ella le miró ponerse en pie y echar a correr hacia ellos, vió la perversa expresión en el rostro de Damián, las espadas, la daga... Imaginó lo peor. La vida de su hijo peligraba si le permitía tiempo suficiente para acercarse.
Ella volteó hacia lo alto. Cielo azul. Nubes espesas. Ramas de los árboles. Reunió todas sus fuerzas, giró la espada por los aires... ¡y la arrojó sobre la copa de un árbol...!
-¡Noooo...! –Gritó enfurecido el delincuente al ver perdido el acero que jamás le perteneció. -¡Perra maldita, lo pagarás caro...!
¡Y Damián lanzó la horrenda navaja contra Selene...!
* * * * C-1 / E-9 * * * *
Una alianza de plata saltó de pronto al razgarse las ropas y hundirse el acero. La fría hoja de una daga hirió el costado de Selene, haciéndola caer de rodillas sobre el pasto, con una profunda herida.
El maleante recogió el fino anillo de plata ornamentado con una luna resplandeciente. Sonrió complacido. Y sin dignarse a mirar su fechoría, corrió hacia su caballo.
-¡Gracias por el buen negocio! –Gritó al tiempo que montaba su corcel. –¡Mi daga a cambio de tu alianza...!
Y riendo a carcajadas, como un demente, se alejó al galope.
Selene extrajo la filosa navaja de su costado, y la tiró sobre la hierba que se mecía como queriendo acariciarla y reconfortarla. El viento soplaba. Nubarrones de tormenta oscurecieron lentamente los cielos. A lo lejos, confundida con el ruido del agitado correr de los demás peregrinos que se aproximaban, se escuchó la descarga de un relámpago.
Cuando Monfalcon pudo llegar con su madre, ella estaba perdiendo mucha sangre. La bella gitana de largos cabellos oscuros y ensortijados abrazó a su chiquillo de catorce años, arrodillada sobre el verde prado a la vera del Camino de Santiago. Su voz, dulce, melodiosa, se escuchó muy cerca del oído de Monfalcon: -Te amo, hijito mío... –Y luego, madre e hijo se apartaron lentamente con los ojos anegados en llanto... Sus ropas estaban manchadas de carmín... tibia sangre...
Richard, tambaleante, se aproximaba poco a poco a su familia, con la frente ensangrentada, avanzando penosamente.
-¿Por qué, mamá...? –Le preguntó el muchacho a la mujer. -¿Por qué lo hiciste?
-L-la inscripción... en la hoja de la espada... –Respondió ella respirando con dificultad. –Es lo único que... que puede legitimar tu linaje...
-¿Linaje? –Extrañóse el chiquillo mientras su madre le enjugaba las lágrimas. -¿De qué hablas mamá? ¡Mi única familia son ustedes...!
-Escúchame... –Agregó Selene, depositando un beso en las manos de su hijo que aprisionaba entre las suyas. –Y-yo no tengo estirpe... no puedo darte lo que... lo que te pertenecerá... cuando tengas la sabiduría... y la edad suficiente...
-Calla, mujer... –Le dijo Richard, al tiempo que se arrodillaba junto a ella y le abrazaba.
-Richard, mi sol que me ilumina... –La voz de Selene se fue apagando rápidamente. –Sé que lo amas... tanto como yo... Déjalo ser...
El hombre besó la frente de su esposa con trémulos labios, ella cerró los ojos y le abrazó con todas las fuerzas que restaban en su grácil cuerpo... por última vez...
* * * * C-1 / E-10 * * * *
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