Blogia
El Fuego de Azgard

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 10 y 11)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

         

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-10  *  *  *  *

        

         

-Mi madre... –Suspiró el andrajoso Monfalcon al hablar con Fray Bernardino aquella noche en el refectorio del convento. Sus labios temblaban. –Mi madre murió esa mañana. Mi padre, con toda su ciencia, no pudo salvarle la vida...

El fraile escuchaba en silencio al harapiento.

-Más tarde, los caballeros de la Orden Militar de Santiago nos ayudaron a bajar la espada del árbol y a llevar el cuerpo de mi madre a Compostela... –Continuó aquél hombre su relato. –Ella... ella descansa en El Camposanto de las Estrellas... Nunca encontraron a Damián... Camino a Toledo, huí de mi padre con su espada y un caballo recién comprado... Han pasado siete años...

-Siete años... –Reflexionó Fray Bernardino. –Es todo un Ciclo...

-¿Un Ciclo?

-Sí. –El anciano fraile escanció su copa de vino. –La vida de cada ser humano se divide en ciclos de siete años...

-Yo no soy religioso... –Apresuró Monfalcon. –No creo en esas cosas...

                

-La religiosidad es un método, no te confundas. La espiritualidad es otra cosa. –Aseguró el Padre Bernardino, mientras cortaba con un cuchillo un trozo de pan. –Creo que Dios te ha traido aquí con cuerpo y alma destrozados por una razón muy poderosa. Él quiere darte una enseñanza, tan grande y misteriosa, que tú solamente comprenderás cuando dejes atrás el error cometido en el Tercer Ciclo...

-¿Error? Monfalcon se revolvió en su asiento, poniéndose a la defensiva. –Yo pasé siete años buscando hacer justicia. ¿Eso es un error?

-La justicia... –Sonrió dulcemente el anciano. –La justicia es obra de Dios. Lo que hiciste fue venganza... ¿Y el perdón?

-¿Perdonar al asesino de mi madre...? ¿Cómo?

-Aún más difícil que eso... será cómo habrás de perdonarte lo que has hecho con la vida que tienes...

-¿A qué se refiere, Padre?

-No necesitas decirme cómo has vivido estos siete años, puedo percibirlo. Si antes de ellos vivías aislado de la gente, con temor y vergüenza por sus burlas, ¿cómo habrán sido estos últimos siete años...? ¿Has visitado la tumba de tu madre? ¿Te has reconciliado con tu padre...?

          

-¿Has tenido paz en tu corazón? –Apuró Fray Bernardino. –¿Cultivaste amistades sinceras...? ¿Formaste una relación sentimental con una mujer? ¿Has conseguido un trabajo estable? ¿Lograste fortaleza espiritual...? ¿Has aceptado la voluntad del Señor...?

Monfalcon quedó paralizado, mirando al fraile sin pronunciar palabra. En sus ojos se notaba cuál era la única respuesta a esas preguntas. Una palabra tan corta y tan desalentadora, que quizás nunca comprendió lo poderosa que era dentro su alma: No.

-¿Pensaste que harías con tu vida después de lograr lo que llamas “justicia”...? –Remató el anciano fraile.

-Mi vida... -Monfalcon bajó la mirada. –...debió terminar esta noche...

-¡Adelante! –Gritó Fray Bernardino mientras tomaba el cuchillo que usó para partir el pan, y lo clavó en la mesa delante del harapiento. Los ojos de aquél mugroso se abrieron enormes por la sorpresa. -¡Haz tu voluntad...! ¡Deja que el sacrificio de amor que hiciera tu madre sea en vano...!

          

El desarrapado, sin decir palabra, tomó el cuchillo; lo miró, apuntó la filosa hoja hacia su corazón... cerró sus ojos, respiró profundo y... lo dejó caer de su mano sobre la mesa...

-No puedes hacerlo, ¿verdad...? –El fraile tomó la fría hoja de acero, y avanzó alrededor de la mesa colocándose tras la silla donde estaba el harapiento, puso el cuchillo sobre su cuello y exclamó. -¡Entonces deja que yo te mate...!

¡Y se dispuso a hundir la hoja en la garganta de Monfalcon...!

              

           

*  *  *  *  C-1 / E-11  *  *  *  *

        

         

El tipejo mugroso saltó de su asiento al sentir el frío acero sobre su cuello, arrojándose al suelo lejos de Fray Bernardino. El anciano fraile lo miró intensamente, con el rostro adusto.

-Lo sabía... –El Padre arrojó el cuchillo sobre la mesa, y el sonido del acero rebotando en las maderas se expandió en el silencio del refectorio. Monfalcon respiraba agitado, acurrucado en un rincón, tirado en el piso...

-Estás condenado a vivir en este mundo, a sobreponerte al dolor... –El anciano le miró desde lo alto, al hablar. –Cada ser humano tiene un propósito, un plan diseñado antes de nacer. En el momento que buscaste seguir tu propósito, dejaste de cumplir la voluntad del Creador...

El andrajoso, transido de dolor, se cubrió el barbado y sucio rostro con sus manos. Estaba llorando...

-¿Y cuál es ese propósito? –Musitó apenas, respirando con dificultad.

-Quizás pueda decírtelo... Más no serviría de nada. Tú debes descubrirlo para realmente atesorarlo en tu corazón y cumplirlo.

      

-Todos necesitamos en qué creer, no somos nada ni podemos hacer nada sin ... Fray Bernardino ofreció su mano al caido, para ayudarle a ponerse en pie. –Y sin embargo, Dios es tan generoso que llega a darnos regalos inmerecidos. Es cuando debemos tener el valor de abrir los ojos y los corazones para hacer algo por merecerlos, sin dudas, ni temores, para cumplir nuestro destino... Nunca olvides esta enseñanza...

Monfalcon volteó hacia lo alto, buscando con la mirada los ojos del anciano, el rostro barbado semioculto por los largos y sucios cabellos. El fraile sonreía dulcemente al ofrecer su mano. El harapiento la tomó, se puso en pie y le abrazó fuertemente.

-Gracias, Padre... –La voz de aquél ángel de alas destrozadas se quebró al abrazar al franciscano. –Hace siete años que no me abrazaba nadie...

-Gracias a Dios, hijo mío... Gracias a Dios...

Y así permanecieron un instante, en silencio.

        

-Aún queda algo más por hacer esta noche... –Agregó el anciano. –Aséate. Deja esa barba de señorón y desaste de esas ropas añejas y mugrosas, tendrás nuevas... Eres joven. Aún puedes reconstruir tu vida...

Fray Bernardino puso su rosario alrededor del cuello de Monfalcon, y agregó: -Escucha la voz que te habla al corazón. Al salir el sol, reiniciarás la vida que tienes prestada y cumplirás tu destino. Será muy difícil para ti, mas déjalo en manos del Señor, porque no hay imposibles para él... Lo único que tienes que hacer, es mantener la fé...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-12  *  *  *  *

        

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

 

0 comentarios