El texto siguiente es sólo un borrador de tres escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)
* * * * C-1 / E-15 * * * *
Una pálida luz, mortecina, de tonalidades ocres, bañaba cálidamente la atmósfera de la capilla del convento de San Francisco aquella noche; contrastando con los fríos tonos creados por la sombra sobre las rocas. La iluminación de cirios y veladoras se complementaba con el aroma del incienso que inundaba el recinto.
Fray Bernardino, de pie ante el altar del presbítero, contemplaba la espada de O´Donovan levantándola con ambas manos ante sus ojos.
-Es una espada magnífica en verdad... –Le dijo a Monfalcon, quien le acompañaba.
-La protegí más que a mi vida... –Suspiró aquél. –Casi siempre la mantuve enfundada y con la empuñadura envuelta con un paño atado para ocultar su finura... ¿Puede ver usted la inscripción en su hoja? ¿Sabe que significa...?
-Nunca ví signos como estos. Lo único que puedo decirte es que la iluminación llega solamente cuando quien habrá de recibirla se encuentra listo para ello. –Señaló el fraile al tiempo que ofrecía al muchacho la espada consagrada para que la tomase. Monfalcon la recibió con un aire de solemnidad, con ambas manos extendidas a la altura de su pecho. El franciscano agregó: –Cuando el discípulo está dispuesto a ser enseñado, aparece el maestro...
El joven acunó la espada entre sus manos por un momento.
-Déjame decirte que ya lo creo que tu espada si es un objeto ritual... –Señaló el fraile. –La empuñadura forma una auténtica Cruz Patriarcal ornamentada con el IHS formado con hilos de plata.
- I H S. –Deletreó el muchacho. –Las iniciales de la frase latina “In Hoc Signi vinces”: Por este signo vencerás, según la interpretación de la visión de Constantino.
–Así es. Un monograma que representó el cambio de las antiguas creencias por la aceptación de una fe renovada. ¿Puedes notar cómo este símbolo te ha estado hablando todo el tiempo invitándote a renovar tu forma de vivir, esperando a que lo escuches?
-Quizás. –Monfalcon susurró con mirada esquiva.
-¿Dudas? ¿Estás dudando? –Apuró el franciscano. -El mundo espiritual es capaz de hablar a través de símbolos, objetos y personas con un lenguaje codificado que sólo es comprensible para quien esté dispuesto a recibir el mensaje... Escucha tu corazón, hijo mío, ¿qué te dice?
-¿Justo ahora...? –Pareció meditar Monfalcon al enfundar su espada y agregó con una sonrisa un tanto socarrona: -Mi corazón me dice que anoche los secuaces de Damián robaron mi caballo al emprender su huída... y que no estoy acostumbrado a recorrer los caminos a pie...
Fray Bernardino suspiró fuertemente, con un dejo de insatisfacción.
-Lo que estás escuchando no es tu corazón, hijo mío... ¿Acaso no le oyes decir que lo que te pertenece realmente nadie puede quitártelo, que lo material tarde o temprano habrás de perderlo?
-Sí, es cierto...
-Si Dios quisiera que tuvieses un caballo mañana, te lo daría gustoso. Quizá le agradaría saber para qué lo necesitas, ¿no crees? –El fraile avanzó hacia la nave de la capilla, apartándose de Monfalcon al hablar, el sonido de sus pisadas sobre la duela retumbando en el recinto. –Hay cosas que debes hacer antes de continuar con tu vida: Desházte de las cargas que te atan a un pasado tormentoso. Podrías empezar visitando la tumba de tu madre y reconciliándote con tu padre... Para pacificar tu alma, necesitas ser humilde y pedirles perdón...
La mirada de Monfalcon buscó los ojos del anciano fraile con firmeza, el muchacho asintió con el alma dispuesta, concediéndole la razón.
-Bien... –Sonrió Fray Bernardino bajo el umbral en la entrada de la capilla. -Necesitas pedir perdón al Creador con un arrepentimiento sincero, con tus propias palabras. Habla esta noche con Él mientras permaneces en vela ante la cruz que forma tu espada... Si tus plegarias son hechas de corazón, Dios habrá de escucharte y te dará lo que pidas: Desde un caballo hasta la iluminación que tanto necesitas para comprender la misión de tu vida...
Y el fraile abandonó el recinto.
* * * * C-1 / E-16 * * * *
La luz del alba penetró suave a través de los vitrales en las ventanas de la capilla. El silencio reinaba. Monfalcon seguía rezando con el rostro bajo semicubierto por sus largos cabellos ensortijados, apoyando su frente contra la empuñadura de su espada, de rodillas ante el presbítero.
Poco a poco, se dejó escuchar el sonido de pisadas suaves sobre la duela de la capilla, un andar pausado.
-Te ví quedarte toda la noche haciendo plegarias, como quien vela su espada para armarse caballero... –Oyóse la suave voz de Fray Bernardino dirigiéndose al muchacho penitente. –Ya es tiempo de que partas en busca de tu destino, y puedes creerme, hijo mío, que Dios te estuvo escuchando...
Monfalcon, aún de rodillas ante el altar, tras besar la cruz de su espada y guardarla en su funda, volteó su rostro hacia el anciano fraile con una interrogación en su mirada.
-Ven. –Le dijo el franciscano. –Verás cómo el mundo espiritual se manifiesta cuando estás dispuesto a abrir el corazón...
Y Fray Bernardino ofrecío su mano al muchacho para ayudarle a ponerse en pie.
-La Santa Hermandad de Castilla te espera. –El fraile aseguró a Monfalcon mientras atravezaban el oscuro pasillo rumbo al portal de los peregrinos. –El Señor quiere darte un regalo a través de ella...
Fray Bernardino empujó las gruesas puertas de madera en la entrada, haciéndo que la luz exterior dividiera las sombras del pasillo. La vista de Monfalcon, enceguecida brevemente por el súbito resplandor tras la noche en vela, precibió los objetos primero como manchones borrosos multicolores. Poco a poco, luego de tallarse los ojos, las manchas comenzaron a tomar formas conocidas: Árboles y arbustos frondosos al fondo de un paisaje, soldados a caballo vestidos con sayo blanco y una gran cruz roja sobre el pecho, empedrado de tonos terrosos y brillantes en la senda.
-O´Donovan, buenos días... –Le saludó uno de los soldados con gesto amable.
-Buenos días. –Respondió el chico.
-Venimos de nuestro cuartel con una encomienda. Sabiendo que habrás de unirte a la Santa Hermandad tras haber donado tu recompensa a obras pías, y que no tienes un corcel que te pertenezca... hemos deseado darte un presente. -Y al pronunciar estas últimas palabras, el soldado hizo que su montura se apartase ligeramente del camino, para dar paso a un corcel blanco de gran finura que avanzó hacia el muchacho con elegancia en su andar, montura y arreos puestos.
El fraile posó su mano sobre el hombro de Monfalcon.
-Gracias a todos... –Susurró el chico emocionado, comprendiendo lo ocurrido. –Gracias Dios mío...
-Tengo que hacer algo muy importante, antes que cualquier otra cosa... –Monfalcon se dirigió a todos los presentes.
-¿Irás a visitar la tumba de tu madre y a reconciliarte con tu padre? –Apuró el franciscano.
-Sí, lo haré.
-Bien. Entonces sólo me resta una cosa más que hacer por ti, hijo mío... –El fraile extendió hacia Monfalcon una enorme Biblia que llevaba bajo el brazo. El joven la recibió con ambas manos y la contempló por un instante. El pesado libro llevaba gruesas tapas con broches para mantenerlo cerrado. Fray Bernardino agregó: -Escucha, cuando sientas que tu necesidad es abrumadora y requieres de alguien a quien acudir... ábrela.
-Gracias Padre Bernardino. –Monfalcon abrazó al franciscano fuertemente, con un nudo en la garganta.
-Anda, que Dios guía tu camino...
El muchacho guardó la voluminosa Biblia en la alforja de su caballo, donde además había ropajes nuevos y alimentos para el viaje. Él monto ágilmente, se despidió de todos inclinando el sombrero de ala ancha que ajustó en su cabeza, y con un ligero golpe de las riendas en su corcel para hacerlo avanzar, inició el camino para cumplir la misión de su existencia...
* * * * C-1 / E-17 * * * *
Cuenta la leyenda que Monfalcon O´Donovan acompañado por su blanca montura recorrió la campiña española durante varios meses, rumbo a Santiago de Compostela.
Una mañana lluviosa pasó por Segovia, ubicada sobre la cresta de los ríos Eresma y Clamores. Descansó unos instantes en la iglesia románica de la Vera Cruz, construída por los caballeros Templarios e inmersa en una frondosa arboleda al pie del Alcázar.
Dicen haberle visto pasar por Salamanca, y quedarse largo rato contemplando la decoración de hermosas conchas de piedra en la fachada isabelina del palacio-fortaleza que perteneció al consejero de los Reyes Católicos, pues le recordaron aquella vez que peregrinase con sus padres por el Camino de Santiago. Para él, las conchas del escudo familiar reproducidas hasta tapizar los muros de la casona, fueron señales de lo alto que le dijeron que aún seguía atrapado en una vida que sólo habría de purificarse justo en el momento en que visitase un sepulcro... tal como lo hacen los peregrinos con el santo sepulcro de Santiago apóstol en Compostela.
Surcó la comarca de El Bierzo, en la provincia de León, atravezando paisajes de enormes bosques de castaños centenarios y robles una tarde en que la luz del sol iba apagándose, bañando de tintes dorados las hojas y los rojizos pinachos de arcilla de Las Médulas. Allí, enclavado en ese paraje de ensueño, halló una cueva donde pasar la noche. Luna llena. A la luz de una fogata recordó la leyenda que habíale contado su madre cuando era un chiquillo, acerca del muy cercano lago de Carucedo: El lago nació a partir de las lágrimas de una mujer que lloró durante años al ser despreciada por aquél de quien se había enamorado. Su dolor transmutado en amargo llanto, incluso había inundado su pueblo, llamado Lucerna.
Monfalcon suspiró. A su mente llegó la razón por qué dicha leyenda habíase quedado muy guardada en su corazón, el recuerdo de un inocente amor de infancia que terminó pronto, al no ser correspondido por ella. Luego, tras la muerte de su madre y la búsqueda de su asesino, ninguna otra existió en su vida. Y por primera vez en mucho tiempo, le dolieron los años de soledad que había pasado sin permitirse el derecho a amar a alguien, como su padre amó a su madre, con tal pureza...
El muchacho miró el fuego danzando en la fogata con sensual cadencia, mecido por el viento. Juntó sus manos suavemente, como estrechando una mano inexistente y frágil entre ellas, cerró sus ojos, y se dijo para sí mismo: -¿Encontraré, algún día, a mi alma gemela? Cuando ella cruce por mi camino, ¿seré capaz de reconocerla?
Monfalcon siguió meditando en silencio sobre el tema... Y sin habérselo propuesto, a la luz del fuego, aquella noche de luna llena, dentro de la húmeda atmósfera de una cueva, pidió por ELLA...
INICIA EL CAPÍTULO 2
Reeencuentros
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CONTINÚA EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO