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El Fuego de Azgard

El Fuego de Azgard, CAPITULO 2: Reencuentros (Escenas 1 y 2)

El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

     

   

           

      

         

*  *  *  *  C-2 / E-1  *  *  *  *

        

         

Amanecía. La cálida luz del sol dibujaba rayos que atravezaban los huecos entre las nubes al horizonte. El trinar de los pájaros se conjugaba con el murmullo del follaje de los árboles mecido por el viento.

Monfalcon despertó lentamente. Había pasado la noche dentro de una cueva, envuelto en una frazada y cubierto por su larga capa. Su corcel aguardaba junto a él, pacientemente.

-¿Tienes hambre… caballo? –El muchacho atinó a decirle, en medio de un enorme bostezo. –Porque yo si tengo hambre… Vamos al Lago de Carucedo, quizás pueda pescar algo para desayunar, y mientras llegamos creo que sería bueno buscarte un nombre… “Caballo”, ¡vaya, qué original soy…! Ven, vámonos…

El muchacho sujetó la rienda de su montura y le dio un par de palmadas afectuosas. Su noble compañero relinchó con agrado.

          

Niebla…! Suena bien ese nombre… - O´Donovan pensó en voz alta, mientras él y su caballo atravezaban un romántico sendero del espeso bosque, cubierto por una tenua capa de neblina. -¿Y por qué no llamarte Lucero? ¿Te gusta…? ¿Qué te parece Alborada…? No, creo que esos nombres son como para una yegua… Déjame buscarte otro…

         

-Tiene que ser un nombre que resalte que tu color es blanco. –Reflexionó más tarde Monfalcon en su conversación con su montura, sentado él a la orilla del lago, mientras esperaba que algún pez mordiera el anzuelo de una improvisada caña de pescar hecha con una rama y un cordel. –Color blanco, pálido como un cirio… ¡Ya sé! ¡Te llamarás Sirio, como la estrella más brillante del firmamento!

Su fino caballo relinchó dando dos pasos hacia atrás con desdén.

-No te gustó, ¿verdad…? Bueno, a mí tampoco me gustó mucho. –Dijo el muchacho y luego agregó con una sonrisa juguetona y traviesa. –Pues creo que te puedo llamar así:  ¡Cuaco!  ¡Penco!  ¡Jamelgo!  ¡Patas flacas!  ¡Colita de trapeador…!

Y el chico lanzó una carcajada que hizo eco en la campiña, una risa estrepitosa que sólo terminó cuando se dio cuenta de que otra risa, candorosa y femenina, le acompañaba…

            

-¿Qué tal si le llamas Centella? –Le preguntó al muchacho una voz suave, delicada, que se oyó ahogada por la distancia.

Monfalcon buscó a su alrededor con la mirada, poniéndose de pie súbitamente a la orilla del lago. A lo lejos, junto a unos roquedos, una jovencita le miraba con una sonrisa hermosa dibujada en su rostro. Los rayos del sol bañaban con su luz el espejo de las aguas. Mil destellos luminosos danzaron en la superficie del lago, y sus reflejos pintaron brillantes luceros sobre la tez apiñonada de la doncella.

El muchacho quedó paralizado unos instantes, sorprendido. Ella le estaba regalando una sonrisa como nunca antes le habían obsequiado… De pronto, algún animal grande mordió el anzuelo de su rudimentaria caña de pescar y un fuerte tirón le hizo perder el equilibrio. ¡El chico cayó estrepitósamente al agua!

       

Empapado, avergonzado, el muchacho buscó ponerse en pie rápidamente, con tal torpeza, que resbaló y volvió a caer en el agua. Su caballo relinchaba, divertido.

Finalmente, Monfalcon pudo salir del lago casi a rastras, cubierto de fango, con la respiración agitada. Se talló fuertemente los ojos y volteó hacia la orilla del lago donde estaba la muchacha… Los reflejos del sol sobre el espejo de agua pintaron luceros sobre las rocas inmutables, silentes… y ella, ya no estaba…

              

          

*  *  *  *  C-2 / E-2  *  *  *  *

        

         

La juguetona risa de un niño llamó la atención de Monfalcon, muy cerca de él.

-¿Qué haces aquí? –Le preguntó el muchacho, mientras buscaba sacudirse el exceso de fango en sus ropas.

-Me estoy riendo…

-Sí, ya me dí cuenta… -Refunfuñó aquél, exprimiendo su capa mojada. -¿Tu vives aquí?

-Ajá.

-¿Conoces a la chica que estaba hace rato junto a las rocas?

-¿Cuál? –La ingenua mirada del niño buscó a lo lejos.

-La jovencita del lago… la que me vió hacer el ridículo…

-¿La Dama del Lago…?  ¡Ah, si!  Es la “xana”, se llama Carisia, mi papá me dijo que todos los años en la víspera de las fiestas de San Juan sale a la orilla del lago para buscar a su enamorado…

-No, mi niño, yo estoy hablando de una mujer de carne y hueso, no me refiero a la mujer de la leyenda de Carucedo

-¡Pues era ella! –Replicó el niño. –Aquí sólo vivimos mi papá y yo…

        

Halconcito…! –Gritó una ronca voz a lo lejos. -¿Dónde estás?

-¡Ya voy papá…! –Respondió el chiquillo, y salió corriendo hacia la espesura del bosque.

Monfalcon permaneció un momento en silencio. Sacudió la cabeza como si despertase de un sueño. Una extraña sensación recorrió su cuerpo. El muchacho recordó que cuando él era un niño, su padre solía llamarle con un sobrenombre cariñoso basado en su nombre: Mon-falcon, “falconcito”…

-Las casualidades no existen… -Se dijo mientras se quitaba la ropa sucia para lavarla. –Algo está pasando aquí. ¿Serán señales que me envían del cielo?

Su corcel relinchó como si le concediera la razón.

-No sé qué planes tenga el destino… -Le comentó a su caballo. -Por lo pronto nos vamos a tener que bañar y luego seguiremos buscando el desayuno… Centella

Y el chico sonrió mientras agitaba ligero su cabeza.

              

           

*  *  *  *  C-2 / E-3  *  *  *  *

        

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 15, 16 y 17)

El texto siguiente es sólo un borrador de tres escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

        

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-15  *  *  *  *

        

         

Una pálida luz, mortecina, de tonalidades ocres, bañaba cálidamente la atmósfera de la capilla del convento de San Francisco aquella noche; contrastando con los fríos tonos creados por la sombra sobre las rocas. La iluminación de cirios y veladoras se complementaba con el aroma del incienso que inundaba el recinto.

Fray Bernardino, de pie ante el altar del presbítero, contemplaba la espada de O´Donovan levantándola con ambas manos ante sus ojos.

-Es una espada magnífica en verdad... –Le dijo a Monfalcon, quien le acompañaba.

-La protegí más que a mi vida... –Suspiró aquél. –Casi siempre la mantuve enfundada y con la empuñadura envuelta con un paño atado para ocultar su finura... ¿Puede ver usted la inscripción en su hoja? ¿Sabe que significa...?

-Nunca ví signos como estos. Lo único que puedo decirte es que la iluminación llega solamente cuando quien habrá de recibirla se encuentra listo para ello. –Señaló el fraile al tiempo que ofrecía al muchacho la espada consagrada para que la tomase. Monfalcon la recibió con un aire de solemnidad, con ambas manos extendidas a la altura de su pecho. El franciscano agregó: –Cuando el discípulo está dispuesto a ser enseñado, aparece el maestro...

 

El joven acunó la espada entre sus manos por un momento.

-Déjame decirte que ya lo creo que tu espada si es un objeto ritual... –Señaló el fraile. –La empuñadura forma una auténtica Cruz Patriarcal ornamentada con el IHS formado con hilos de plata.

- I H S. –Deletreó el muchacho. –Las iniciales de la frase latina “In Hoc Signi vinces”: Por este signo vencerás, según la interpretación de la visión de Constantino.

–Así es. Un monograma que representó el cambio de las antiguas creencias por la aceptación de una fe renovada. ¿Puedes notar cómo este símbolo te ha estado hablando todo el tiempo invitándote a renovar tu forma de vivir, esperando a que lo escuches?

-Quizás. Monfalcon susurró con mirada esquiva.

-¿Dudas? ¿Estás dudando? –Apuró el franciscano. -El mundo espiritual es capaz de hablar a través de símbolos, objetos y personas con un lenguaje codificado que sólo es comprensible para quien esté dispuesto a recibir el mensaje... Escucha tu corazón, hijo mío, ¿qué te dice?

-¿Justo ahora...? –Pareció meditar Monfalcon al enfundar su espada y agregó con una sonrisa un tanto socarrona: -Mi corazón me dice que anoche los secuaces de Damián robaron mi caballo al emprender su huída... y que no estoy acostumbrado a recorrer los caminos a pie...

 

Fray Bernardino suspiró fuertemente, con un dejo de insatisfacción.

-Lo que estás escuchando no es tu corazón, hijo mío... ¿Acaso no le oyes decir que lo que te pertenece realmente nadie puede quitártelo, que lo material tarde o temprano habrás de perderlo?

-Sí, es cierto...

-Si Dios quisiera que tuvieses un caballo mañana, te lo daría gustoso. Quizá le agradaría saber para qué lo necesitas, ¿no crees? –El fraile avanzó hacia la nave de la capilla, apartándose de Monfalcon al hablar, el sonido de sus pisadas sobre la duela retumbando en el recinto. –Hay cosas que debes hacer antes de continuar con tu vida: Desházte de las cargas que te atan a un pasado tormentoso. Podrías empezar visitando la tumba de tu madre y reconciliándote con tu padre... Para pacificar tu alma, necesitas ser humilde y pedirles perdón...

La mirada de Monfalcon buscó los ojos del anciano fraile con firmeza, el muchacho asintió con el alma dispuesta, concediéndole la razón.

-Bien... –Sonrió Fray Bernardino bajo el umbral en la entrada de la capilla. -Necesitas pedir perdón al Creador con un arrepentimiento sincero, con tus propias palabras. Habla esta noche con Él mientras permaneces en vela ante la cruz que forma tu espada... Si tus plegarias son hechas de corazón, Dios habrá de escucharte y te dará lo que pidas: Desde un caballo hasta la iluminación que tanto necesitas para comprender la misión de tu vida...

Y el fraile abandonó el recinto.

              

          

*  *  *  *  C-1 / E-16  *  *  *  *

        

         

La luz del alba penetró suave a través de los vitrales en las ventanas de la capilla. El silencio reinaba. Monfalcon seguía rezando con el rostro bajo semicubierto por sus largos cabellos ensortijados, apoyando su frente contra la empuñadura de su espada, de rodillas ante el presbítero.

Poco a poco, se dejó escuchar el sonido de pisadas suaves sobre la duela de la capilla, un andar pausado.

-Te ví quedarte toda la noche haciendo plegarias, como quien vela su espada para armarse caballero... –Oyóse la suave voz de Fray Bernardino dirigiéndose al muchacho penitente. –Ya es tiempo de que partas en busca de tu destino, y puedes creerme, hijo mío, que Dios te estuvo escuchando...

Monfalcon, aún de rodillas ante el altar, tras besar la cruz de su espada y guardarla en su funda, volteó su rostro hacia el anciano fraile con una interrogación en su mirada.

-Ven. –Le dijo el franciscano. –Verás cómo el mundo espiritual se manifiesta cuando estás dispuesto a abrir el corazón...

Y Fray Bernardino ofrecío su mano al muchacho para ayudarle a ponerse en pie.

        

-La Santa Hermandad de Castilla te espera. –El fraile aseguró a Monfalcon mientras atravezaban el oscuro pasillo rumbo al portal de los peregrinos. El Señor quiere darte un regalo a través de ella...

Fray Bernardino empujó las gruesas puertas de madera en la entrada, haciéndo que la luz exterior dividiera las sombras del pasillo. La vista de Monfalcon, enceguecida brevemente por el súbito resplandor tras la noche en vela, precibió los objetos primero como manchones borrosos multicolores. Poco a poco, luego de tallarse los ojos, las manchas comenzaron a tomar formas conocidas: Árboles y arbustos frondosos al fondo de un paisaje, soldados a caballo vestidos con sayo blanco y una gran cruz roja sobre el pecho, empedrado de tonos terrosos y brillantes en la senda.

-O´Donovan, buenos días... –Le saludó uno de los soldados con gesto amable.

-Buenos días. –Respondió el chico.

-Venimos de nuestro cuartel con una encomienda. Sabiendo que habrás de unirte a la Santa Hermandad tras haber donado tu recompensa a obras pías, y que no tienes un corcel que te pertenezca... hemos deseado darte un presente. -Y al pronunciar estas últimas palabras, el soldado hizo que su montura se apartase ligeramente del camino, para dar paso a un corcel blanco de gran finura que avanzó hacia el muchacho con elegancia en su andar, montura y arreos puestos.

El fraile posó su mano sobre el hombro de Monfalcon.

-Gracias a todos... –Susurró el chico emocionado, comprendiendo lo ocurrido. –Gracias Dios mío...

      

-Tengo que hacer algo muy importante, antes que cualquier otra cosa...Monfalcon se dirigió a todos los presentes.

-¿Irás a visitar la tumba de tu madre y a reconciliarte con tu padre? –Apuró el franciscano.

-Sí, lo haré.

-Bien. Entonces sólo me resta una cosa más que hacer por ti, hijo mío... –El fraile extendió hacia Monfalcon una enorme Biblia que llevaba bajo el brazo. El joven la recibió con ambas manos y la contempló por un instante. El pesado libro llevaba gruesas tapas con broches para mantenerlo cerrado. Fray Bernardino agregó: -Escucha, cuando sientas que tu necesidad es abrumadora y requieres de alguien a quien acudir... ábrela.

-Gracias Padre Bernardino. Monfalcon abrazó al franciscano fuertemente, con un nudo en la garganta.

-Anda, que Dios guía tu camino...

        

El muchacho guardó la voluminosa Biblia en la alforja de su caballo, donde además había ropajes nuevos y alimentos para el viaje. Él monto ágilmente, se despidió de todos inclinando el sombrero de ala ancha que ajustó en su cabeza, y con un ligero golpe de las riendas en su corcel para hacerlo avanzar, inició el camino para cumplir la misión de su existencia...

              

           

*  *  *  *  C-1 / E-17  *  *  *  *

        

         

Cuenta la leyenda que Monfalcon O´Donovan acompañado por su blanca montura recorrió la campiña española durante varios meses, rumbo a Santiago de Compostela.

Una mañana lluviosa pasó por Segovia, ubicada sobre la cresta de los ríos Eresma y Clamores. Descansó unos instantes en la iglesia románica de la Vera Cruz, construída por los caballeros Templarios e inmersa en una frondosa arboleda al pie del Alcázar.

           

Dicen haberle visto pasar por Salamanca, y quedarse largo rato contemplando la decoración de hermosas conchas de piedra en la fachada isabelina del palacio-fortaleza que perteneció al consejero de los Reyes Católicos, pues le recordaron aquella vez que peregrinase con sus padres por el Camino de Santiago. Para él, las conchas del escudo familiar reproducidas hasta tapizar los muros de la casona, fueron señales de lo alto que le dijeron que aún seguía atrapado en una vida que sólo habría de purificarse justo en el momento en que visitase un sepulcro... tal como lo hacen los peregrinos con el santo sepulcro de Santiago apóstol en Compostela.

        

Surcó la comarca de El Bierzo, en la provincia de León, atravezando paisajes de enormes bosques de castaños centenarios y robles una tarde en que la luz del sol iba apagándose, bañando de tintes dorados las hojas y los rojizos pinachos de arcilla de Las Médulas. Allí, enclavado en ese paraje de ensueño, halló una cueva donde pasar la noche. Luna llena. A la luz de una fogata recordó la leyenda que habíale contado su madre cuando era un chiquillo, acerca del muy cercano lago de Carucedo: El lago nació a partir de las lágrimas de una mujer que lloró durante años al ser despreciada por aquél de quien se había enamorado. Su dolor transmutado en amargo llanto, incluso había inundado su pueblo, llamado Lucerna.

         

Monfalcon suspiró. A su mente llegó la razón por qué dicha leyenda habíase quedado muy guardada en su corazón, el recuerdo de un inocente amor de infancia que terminó pronto, al no ser correspondido por ella. Luego, tras la muerte de su madre y la búsqueda de su asesino, ninguna otra existió en su vida. Y por primera vez en mucho tiempo, le dolieron los años de soledad que había pasado sin permitirse el derecho a amar a alguien, como su padre amó a su madre, con tal pureza...

    

El muchacho miró el fuego danzando en la fogata con sensual cadencia, mecido por el viento. Juntó sus manos suavemente, como estrechando una mano inexistente y frágil entre ellas, cerró sus ojos, y se dijo para sí mismo: -¿Encontraré, algún día, a mi alma gemela?  Cuando ella cruce por mi camino, ¿seré capaz de reconocerla?

Monfalcon siguió meditando en silencio sobre el tema... Y sin habérselo propuesto, a la luz del fuego, aquella noche de luna llena, dentro de la húmeda atmósfera de una cueva, pidió por ELLA...

              

          

INICIA EL CAPÍTULO 2

Reeencuentros

    

*  *  *  *  C-2 / E-1  *  *  *  *

        

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

 

      

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 12, 13 y 14)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de varias escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

        

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-12  *  *  *  *

        

         

Una densa neblina cubrió la ciudad a la mañana siguiente. Dos oficiales de la Guardia esperaban ante el portón del monasterio de San Francisco, montados a caballo, custodiando un carruaje. A lo lejos, la campana de la Catedral tañía pesadamente.

           

Un crujido, y luego, se oyó el sonido del grueso portón al abrirse. Fray Bernardino salió del monasterio acompañado por un hombre con botas lustrosas, gruesa capa oscura envolviéndo su cuerpo y sombrero de ala ancha cubriendo su rostro al bajar la escalinata frente al monasterio. En silencio, ambos abordaron el carruaje, y tan pronto como hubieron subido, el cochero arreó los corceles para marcharse...

           

Más tarde, el carruaje escoltado se detuvo dentro del patio en el Cuartel de la Guardia, junto a un segundo vehículo que ya estaba aparcado. Aquél carruaje llevaba plasmada en su portezuela una cruz roja sobre fondo blanco: Era la bandera de la Santa Hermandad de Castilla, la unidad militar que defendía de los delincuentes a caminos y poblados.

       

El Padre Bernardino y su acompañante bajaron del vehículo, y seguidos por la escolta, subieron la majestuosa escalinata a la entrada del Cuartel de la Guardia. El hombre encapotado se detuvo un instante sobre los escalones, y se quitó el sombrero de ala ancha que no permitía ver su rostro. Su faz jovial imberbe, oscurecida por las jornadas bajo el sol, hallábase enmarcada por una larga cabellera negra y ensortijada. Un rostro que combinaba formas armoniosas, elegantes, con marcados razgos gitanos. Sus grandes y expresivos ojos castaños buscaron en lo alto y contemplaron por un momento el escudo de la Guardia labrado y policromado en los portones: Paño verde cuadrangular con el escudo de los Reyes Católicos, el águila de San Juan custodiada por granadas en los cuatro ángulos del cuadrado.

       

-Vamos, Monfalcon... –Le dijo Fray Bernardino al empujar una hoja del portón. –No te detengas, sigue siempre adelante...

El muchacho de veintiún años asintió ligeramente, apoyó el sombrero sobre su pecho cubriendo el rosario que enmarcara su camisa blanca, y por un momento, al respirar profundo y mirar hacia adelante, el viento agitó sus largos cabellos y desplegó ligeramente su capa como queriendo invitarle a no quedarse inmóvil...

              

           

*  *  *  *  C-1 / E-13  *  *  *  *

        

         

-Padre Bernardino, buen día... –Un oficial de la Guardia finamente uniformado inclinóse ante el fraile y besó la sortija que portaba en la mano. –Sea usted bienvenido.

-Capitán Yáñez de Vera, la paz de Dios esté con usted... –Le bendijo el franciscano al tiempo que el Capitán ofrecía su mano a Monfalcon a manera de saludo.

-Caballero... –El oficial le dijo al muchacho, quien estrechó su diestra.

-¿Y bien...? –Rápidamente, el Capitán se dirigió a Fray Bernardino. -¿Dónde está O´Donovan?

El Padre respondió con una ligera sonrisa, alzando las cejas: -Capitán, acaba usted de saludarle...

Yáñez de Vera frunció el ceño, sorprendido al ver nuevamente a Monfalcon.

-S-sí... Yo soy Monfalcon O´Donovan. –Se escuchó su voz con un dejo de timidez. Y se hizo un silencio incómodo por un instante...

-Padre Bernardino... –Finalmente dijo el Capitán. –Para ser santo se requieren tres milagros. ¡A usted ya sólo le faltan dos...! ¡Qué yo le llevé un hombre horrendo y lo ha convertido en un niño lindo!

Y todos estallaron en carcajadas...

      

-¡Ay, muchacho! –El Capitán palmeó el hombro de Monfalcon al hablarle. –Ayer lucías mayor que yo, y hoy pareces mi hijo. Si no fuera porque te acompaña Fray Bernardino yo no podría creerlo...

Monfalcon agradeció con una sonrisa y permaneció en silencio. Para él, los segundos que pasaron en ese instante fueron eternos. Se mordió los labios y su mirada buscó inquieta las pupilas del franciscano.

-Perdón... –Dijo. –Hace tiempo que... que no convivo con alguien. Me siento incómodo... ¿Ya me puedo ir?

-¿Cómo? –Sorprendióse Yáñez de Vera. –No entiendo eso de que no has convivido con alguien. ¿Dónde vives, a qué te dedicas?

-Y-yo... –Suspiró el muchacho. –He vivido en el camino, yendo de pueblo en pueblo...

-Monfalcon es un peregrino en busca de Dios, como todos nosotros... –Intervino el fraile. –Un hombre que busca hacer el bien...

-¿Y quiéres irte ya? ¿Ahora? –Le dijo Yánez de Vera.

-S-sí...

-No puedes irte aún. –Rechazó el Capitán de la Guardia. –Anoche fue casual que pasáramos cerca de la taberna donde te hallamos. Hoy te están esperando los oficiales de la Santa Hermandad de Castilla. Como bien sabes, ellos son los únicos responsables de perseguir, juzgar y ejecutar a los delincuentes como Damián. Por eso quieren verte...

       

El silencio reinó en el recinto por unos instantes. Después agregó Yáñez de Vera: -Ellos te están esperando, porque cuando un delincuente muy peligroso logra evadir la justicia por un largo tiempo, llegan a ofrecer por su cabeza una recompensa...

-Lo sé... –Musitó Monfalcon. –Pero no la quiero...

-¡Vaya! –Exclamó el Capitán. –Jamás había escuchado eso.

-Es un hombre que busca hacer el bien... –Recalcó Fray Bernardino, y luego señaló con una sonrisa franca. –Un tanto huraño y confundido, pero alguien que busca hacer el bien...

-Sí... –Coincidió el oficial mirando a Monfalcon. –Bien. Haremos lo siguiente: Voy a devolverte la espada que te incautamos anoche, y podrás irte... hasta después que hayas hablado con los soldados de la Santa Hermandad...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-14  *  *  *  *

          

         

-Asesino, ladrón, revoltoso... Escuchóse la voz de un oficial de la Santa Hermandad haciéndo eco en el recinto. –...Damián Fausto, quien se hacía llamar “La Serpiente”, llevaba años cometiéndo fechorías en todo el reino y ocultándose con otros como él... Hace tiempo que lo queríamos vivo o muerto...

Monfalcon escuchaba en silencio, acompañado de Yáñez de Vera, Fray Bernardino y un escribano, todos ellos sentados ante una gran mesa redonda iluminada por enormes ventanales.

-Ofrecimos una recompensa por su captura o muerte. –Continuó el militar dirigiéndose al muchacho. –¿Y tú la rechazas?

-Así es... –Respondió aquél. Luego, su mirada buscó los ojos del franciscano, meditó un momento y agregó. –La rechazo a favor del monasterio de San Francisco que está en manos del Padre Bernardino.

-¿Estás seguro de que quieres eso, hijo mío? –Preguntó el fraile. -¿Acaso tener unas monedas en la bolsa no sería un buen comienzo para... para tu vida?

Monfalcon acarició la alianza de su madre que portaba en el meñique y señaló: -La única recompensa que yo necesito es la que resulta de pacificar el alma... Ese dinero está manchado con sangre, Padre. En sus manos habrá de purificarse su origen destinándolo a obras pías...

       

-Entiendo. –Dijo el militar. –Entonces que el escribano indique como beneficiario a Fray Bernardino de Bedía, y los demás firmaremos el acta como testigos. El dinero le será enviado en los próximos días... ¿Hay algo más que pueda hacer por ti, O´Donovan?

-No, gracias...

-En realidad... –Intervino el Padre Bernardino. -...Creo que si hay algo en que pueden ayudarle. Desde niño quiso ser oficial de la Guardia...

Yáñez de Vera se revolvió en su asiento, meditativo.

-La Guardia es un cuerpo de élite destinado a la protección de reyes y lo más selecto de la nobleza... –Mencionó pausado. –Para ingresar a la Guardia no pueden evadirse los requisitos que la ley establece, como el ser hijodalgo, cierto linaje, ¿usted comprende...?  Una situación que no creo sea el caso de este muchacho...

Monfalcon escuchaba en silencio. Él sabía que fuera de la inscripción en la espada de su padre, marcada con signos indecifrables y un idioma extraño para él, desconocía todo acerca de sus ancestros.

-Mal haríamos en violar la ley del hombre, pues a su vez quebrantaríamos el respeto a la ley divina. –Comprendió Fray Bernardino, y se dirigió al soldado. –Y, ¿qué me dice la Santa Hermandad?

-La Santa Hermandad de Castilla... –Dijo lentamente el militar, como escogiendo sus palabras. -...Tiene una misión que va más allá de la protección de bienes o personas. Es un llamado divino. Quien ingresa a ella debe dedicarse en cuerpo y alma al servicio en nombre de Dios, abandonando a su padre y a su madre, apartándose de sus seres queridos por el resto de su vida...

              

Monfalcon miró al oficial sin pronunciar palabra. El soldado de la Santa Hermandad le preguntó: -¿Te interesa ingresar?

-S-sí... –Atinó a decir el muchacho. –Creo que sí...

-Bien. –El militar se dirigió a Fray Bernardino. –Podríamos recibirlo si le otorgo una especie de salvoconducto y comprueba que no ha participado en actos delictivos, después de asistir y aprobar el entrenamiento correspondiente y rendir el solemne juramento, por supuesto...

-Muy bien, Monfalcon. –Le dijo el franciscano al muchacho. –Muy bien.

-Gracias, Padre. Ahora sólo resta una cosa...O´Donovan volteó hacia Yáñez de Vera y señaló. –Necesito que me devuelva, por favor, la espada de mi padre...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-15  *  *  *  *

        

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 10 y 11)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

         

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-10  *  *  *  *

        

         

-Mi madre... –Suspiró el andrajoso Monfalcon al hablar con Fray Bernardino aquella noche en el refectorio del convento. Sus labios temblaban. –Mi madre murió esa mañana. Mi padre, con toda su ciencia, no pudo salvarle la vida...

El fraile escuchaba en silencio al harapiento.

-Más tarde, los caballeros de la Orden Militar de Santiago nos ayudaron a bajar la espada del árbol y a llevar el cuerpo de mi madre a Compostela... –Continuó aquél hombre su relato. –Ella... ella descansa en El Camposanto de las Estrellas... Nunca encontraron a Damián... Camino a Toledo, huí de mi padre con su espada y un caballo recién comprado... Han pasado siete años...

-Siete años... –Reflexionó Fray Bernardino. –Es todo un Ciclo...

-¿Un Ciclo?

-Sí. –El anciano fraile escanció su copa de vino. –La vida de cada ser humano se divide en ciclos de siete años...

-Yo no soy religioso... –Apresuró Monfalcon. –No creo en esas cosas...

                

-La religiosidad es un método, no te confundas. La espiritualidad es otra cosa. –Aseguró el Padre Bernardino, mientras cortaba con un cuchillo un trozo de pan. –Creo que Dios te ha traido aquí con cuerpo y alma destrozados por una razón muy poderosa. Él quiere darte una enseñanza, tan grande y misteriosa, que tú solamente comprenderás cuando dejes atrás el error cometido en el Tercer Ciclo...

-¿Error? Monfalcon se revolvió en su asiento, poniéndose a la defensiva. –Yo pasé siete años buscando hacer justicia. ¿Eso es un error?

-La justicia... –Sonrió dulcemente el anciano. –La justicia es obra de Dios. Lo que hiciste fue venganza... ¿Y el perdón?

-¿Perdonar al asesino de mi madre...? ¿Cómo?

-Aún más difícil que eso... será cómo habrás de perdonarte lo que has hecho con la vida que tienes...

-¿A qué se refiere, Padre?

-No necesitas decirme cómo has vivido estos siete años, puedo percibirlo. Si antes de ellos vivías aislado de la gente, con temor y vergüenza por sus burlas, ¿cómo habrán sido estos últimos siete años...? ¿Has visitado la tumba de tu madre? ¿Te has reconciliado con tu padre...?

          

-¿Has tenido paz en tu corazón? –Apuró Fray Bernardino. –¿Cultivaste amistades sinceras...? ¿Formaste una relación sentimental con una mujer? ¿Has conseguido un trabajo estable? ¿Lograste fortaleza espiritual...? ¿Has aceptado la voluntad del Señor...?

Monfalcon quedó paralizado, mirando al fraile sin pronunciar palabra. En sus ojos se notaba cuál era la única respuesta a esas preguntas. Una palabra tan corta y tan desalentadora, que quizás nunca comprendió lo poderosa que era dentro su alma: No.

-¿Pensaste que harías con tu vida después de lograr lo que llamas “justicia”...? –Remató el anciano fraile.

-Mi vida... -Monfalcon bajó la mirada. –...debió terminar esta noche...

-¡Adelante! –Gritó Fray Bernardino mientras tomaba el cuchillo que usó para partir el pan, y lo clavó en la mesa delante del harapiento. Los ojos de aquél mugroso se abrieron enormes por la sorpresa. -¡Haz tu voluntad...! ¡Deja que el sacrificio de amor que hiciera tu madre sea en vano...!

          

El desarrapado, sin decir palabra, tomó el cuchillo; lo miró, apuntó la filosa hoja hacia su corazón... cerró sus ojos, respiró profundo y... lo dejó caer de su mano sobre la mesa...

-No puedes hacerlo, ¿verdad...? –El fraile tomó la fría hoja de acero, y avanzó alrededor de la mesa colocándose tras la silla donde estaba el harapiento, puso el cuchillo sobre su cuello y exclamó. -¡Entonces deja que yo te mate...!

¡Y se dispuso a hundir la hoja en la garganta de Monfalcon...!

              

           

*  *  *  *  C-1 / E-11  *  *  *  *

        

         

El tipejo mugroso saltó de su asiento al sentir el frío acero sobre su cuello, arrojándose al suelo lejos de Fray Bernardino. El anciano fraile lo miró intensamente, con el rostro adusto.

-Lo sabía... –El Padre arrojó el cuchillo sobre la mesa, y el sonido del acero rebotando en las maderas se expandió en el silencio del refectorio. Monfalcon respiraba agitado, acurrucado en un rincón, tirado en el piso...

-Estás condenado a vivir en este mundo, a sobreponerte al dolor... –El anciano le miró desde lo alto, al hablar. –Cada ser humano tiene un propósito, un plan diseñado antes de nacer. En el momento que buscaste seguir tu propósito, dejaste de cumplir la voluntad del Creador...

El andrajoso, transido de dolor, se cubrió el barbado y sucio rostro con sus manos. Estaba llorando...

-¿Y cuál es ese propósito? –Musitó apenas, respirando con dificultad.

-Quizás pueda decírtelo... Más no serviría de nada. Tú debes descubrirlo para realmente atesorarlo en tu corazón y cumplirlo.

      

-Todos necesitamos en qué creer, no somos nada ni podemos hacer nada sin ... Fray Bernardino ofreció su mano al caido, para ayudarle a ponerse en pie. –Y sin embargo, Dios es tan generoso que llega a darnos regalos inmerecidos. Es cuando debemos tener el valor de abrir los ojos y los corazones para hacer algo por merecerlos, sin dudas, ni temores, para cumplir nuestro destino... Nunca olvides esta enseñanza...

Monfalcon volteó hacia lo alto, buscando con la mirada los ojos del anciano, el rostro barbado semioculto por los largos y sucios cabellos. El fraile sonreía dulcemente al ofrecer su mano. El harapiento la tomó, se puso en pie y le abrazó fuertemente.

-Gracias, Padre... –La voz de aquél ángel de alas destrozadas se quebró al abrazar al franciscano. –Hace siete años que no me abrazaba nadie...

-Gracias a Dios, hijo mío... Gracias a Dios...

Y así permanecieron un instante, en silencio.

        

-Aún queda algo más por hacer esta noche... –Agregó el anciano. –Aséate. Deja esa barba de señorón y desaste de esas ropas añejas y mugrosas, tendrás nuevas... Eres joven. Aún puedes reconstruir tu vida...

Fray Bernardino puso su rosario alrededor del cuello de Monfalcon, y agregó: -Escucha la voz que te habla al corazón. Al salir el sol, reiniciarás la vida que tienes prestada y cumplirás tu destino. Será muy difícil para ti, mas déjalo en manos del Señor, porque no hay imposibles para él... Lo único que tienes que hacer, es mantener la fé...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-12  *  *  *  *

        

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

 

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 8 y 9)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

         

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-8  *  *  *  *

        

         

-¡Arre..! Damián espueleó a su montura, haciéndo que el corcel se abalanzara volviendo sobre sus pasos, en una carrera frenética, sin importarle que para llegar hasta la espada tirada en el camino... ¡Debía pasar sobre el cuerpo de Monfalcon!

Richard no titubeó. Corrió hacia el muchacho ayudándole a ponerse en pie y lo envolvió entre sus brazos. Más no pudo evitar que el jinete pasara derribándolos, arrojándolos violentamente sobre las rocas a la vera del camino. Al mismo tiempo, Selene recogió la espada y echó a correr por el verde prado, seguida por el maleante.

           

Monfalcon quiso incorporarse, sin conseguirlo. El cuerpo de su padre hallábase inmóvil sobre el suyo, aprisionándolo contra el suelo. Richard se había golpeado la cabeza contra las rocas, perdiendo el sentido...

Damián saltó del caballo en pleno movimiento, derribando a Selene, más ella no soltó la fina espada. La mujer se revolvió cual fiera acorralada para incorporarse rápidamente, el acero en mano, y buscó con la mirada a su atacante... Damián ya la esperaba de pie, con su espada desenvainada.

-¿Estás segura que sabes usar esa espada? –La socarrona voz del maleante llegó hasta oídos de Monfalcon, quien luchaba por escapar del abrazo de su padre inconsciente.

-¡Mamá, noo! –Gritó el muchacho. -¡Dále la espada...!

Selene miró a Damián, luego sus ojos buscaron en la lejanía. Allende, a cuatrocientos metros de distancia, los demás peregrinos parecieron notar apenas que algo malo estaba ocurriendo.

Ella tomó el acero con ambas manos y lo levantó hasta la altura de su hombro, amenazante.

-Antes de que puedas siquiera tocarme... –Rió burlón el delincuente, al tiempo que sacaba una daga. -...Esta navaja ya te habrá traspasado.

         

Richard al fín comenzó a moverse pesadamente. La mujer vió a su hijo luchando por ir a ayudarle. Ella le miró ponerse en pie y echar a correr hacia ellos, vió la perversa expresión en el rostro de Damián, las espadas, la daga... Imaginó lo peor. La vida de su hijo peligraba si le permitía tiempo suficiente para acercarse.

Ella volteó hacia lo alto. Cielo azul. Nubes espesas. Ramas de los árboles. Reunió todas sus fuerzas, giró la espada por los aires... ¡y la arrojó sobre la copa de un árbol...!

-¡Noooo...! –Gritó enfurecido el delincuente al ver perdido el acero que jamás le perteneció. -¡Perra maldita, lo pagarás caro...!

¡Y Damián lanzó la horrenda navaja contra Selene...!

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-9  *  *  *  *

        

         

Una alianza de plata saltó de pronto al razgarse las ropas y hundirse el acero. La fría hoja de una daga hirió el costado de Selene, haciéndola caer de rodillas sobre el pasto, con una profunda herida.

El maleante recogió el fino anillo de plata ornamentado con una luna resplandeciente. Sonrió complacido. Y sin dignarse a mirar su fechoría, corrió hacia su caballo.

-¡Gracias por el buen negocio! –Gritó al tiempo que montaba su corcel. –¡Mi daga a cambio de tu alianza...!

Y riendo a carcajadas, como un demente, se alejó al galope.

Selene extrajo la filosa navaja de su costado, y la tiró sobre la hierba que se mecía como queriendo acariciarla y reconfortarla. El viento soplaba. Nubarrones de tormenta oscurecieron lentamente los cielos. A lo lejos, confundida con el ruido del agitado correr de los demás peregrinos que se aproximaban, se escuchó la descarga de un relámpago.

        

Cuando Monfalcon pudo llegar con su madre, ella estaba perdiendo mucha sangre. La bella gitana de largos cabellos oscuros y ensortijados abrazó a su chiquillo de catorce años, arrodillada sobre el verde prado a la vera del Camino de Santiago. Su voz, dulce, melodiosa, se escuchó muy cerca del oído de Monfalcon: -Te amo, hijito mío... –Y luego, madre e hijo se apartaron lentamente con los ojos anegados en llanto... Sus ropas estaban manchadas de carmín... tibia sangre...

Richard, tambaleante, se aproximaba poco a poco a su familia, con la frente ensangrentada, avanzando penosamente.

        

-¿Por qué, mamá...? –Le preguntó el muchacho a la mujer. -¿Por qué lo hiciste?

-L-la inscripción... en la hoja de la espada... –Respondió ella respirando con dificultad. –Es lo único que... que puede legitimar tu linaje...

-¿Linaje? –Extrañóse el chiquillo mientras su madre le enjugaba las lágrimas. -¿De qué hablas mamá? ¡Mi única familia son ustedes...!

-Escúchame... –Agregó Selene, depositando un beso en las manos de su hijo que aprisionaba entre las suyas. –Y-yo no tengo estirpe... no puedo darte lo que... lo que te pertenecerá... cuando tengas la sabiduría... y la edad suficiente...

        

-Calla, mujer... –Le dijo Richard, al tiempo que se arrodillaba junto a ella y le abrazaba.

-Richard, mi sol que me ilumina... –La voz de Selene se fue apagando rápidamente. –Sé que lo amas... tanto como yo... Déjalo ser...

El hombre besó la frente de su esposa con trémulos labios, ella cerró los ojos y le abrazó con todas las fuerzas que restaban en su grácil cuerpo... por última vez...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-10  *  *  *  *

        

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 6 y 7)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de varias escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

         

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-6  *  *  *  *

        

         

-Sucedió siete años atrás, durante los festejos a Santiago Apóstol... –Escuchóse la voz de Monfalcon haciéndo eco en el refectorio del convento. Fray Bernardino atendía. –Yo apenas era un chiquillo de catorce años...

El hombre desarrapado cerró sus ojos y guardó silencio un instante. Las imágenes de aquella época se desbordaron en su mente, tan vívidas como si fuesen del día anterior.

       

El joven Monfalcon y sus padres iniciaron la ruta jacobea para atravezar el norte de la península, desde la frontera con Francia por Roncesvalles, recorriendo a pie Estella, Burgos, Astorga... hasta llegar a la ciudad de Santiago de Compostela aquella mañana del 25 de julio.

Su padre era un hombre barbado y ligeramente encanecido, humildes ropajes, más sin embargo, su porte gallardo inspiraba respeto. Su madre vestía a la típica usanza de la raza calé, su bella faz enmarcada por grandes arracadas semiocultas por la abundante cabellera. El joven Monfalcon veíase también arropado modestamente, rostro y alma de niño.

La plaza ante la Catedral de Santiago estaba llena durante la romería, con el bullicio de los peregrinos y los mercaderes, los aromas de comida y flores, el incienso de las procesiones.

      

-¡No juegues con esa espada! –Reprendió su padre a Monfalcon con tan sólo mirarlo acercar su mano a la fina espada cruciforme que portaba su madre sobre el pecho. La misma espada con la forma de una Cruz de Caravaca.

-Te aseguro que no vá a desprender el damasquinado de la empuñadura, querido... otra vez... -Intervino la hermosa, al tiempo que tomaba al hombre de su brazo.

-¡Mamá! –Replicó el muchacho con enfado.

-Recuerda que no es una espada común, hijo. –Afirmó ella. –Es una espada ritual muy antigua que trajo tu padre de Irlanda como recuerdo familiar y que...

-...y que hemos traído a Compostela para consagrarla. –Apresuró Monfalcon. –Entendería porqué conservamos una espada como si fuera un crucifijo en nuestro oratorio si me dijeran cuál es su importancia... Creo que las espadas son para usarse, no para rendirles culto.

         

-No es un culto a la espada, bien lo sabes. –Señaló el padre. –Es la importancia de los símbolos conjugados en ella, y que tu comprenderás cuando estés listo para hacerlo. Por eso mandé ornamentar la empuñadura con hilos de oro y plata... Si atendieras lo que te digo en el laboratorio lo entenderías...

-Yo no quiero ser alquimista como tú, papá... –Detúvose el muchacho. –Yo quiero ser Capitán de la Guardia...

-¡Por favor! No otra vez. –Refunfuñó su padre. -¿No ha servido de nada que yo me esforzara en darte una educación privilegiada, ni traerte a peregrinar por el Camino de Santiago? ¿Aún prefieres arriesgar tu vida segando la vida de otros en lugar de salvar tu alma?

-Richard, por favor... –Trató contenerle su esposa.

-Deja que el muchacho conteste, Selene.

        

El joven Monfalcon respondió con la vista baja, mirando al suelo, más con voz firme: -Sólo creo que la gente nos vería con mejores ojos si fuésemos una familia normal como las demás... – Sus palabras enmudecieron a sus padres. -Me duele pensar que para salvar el alma deba sacrificar el vivir mi vida... ¿Es necesario que para ello no sólo me mantenga hermético y aislado, con una existencia casi monástica, si no que además sea blanco de las burlas de la gente?

-Ora et labora... Ora y labora, reza y trabaja... Yo no sé si valga la pena vivir de esa forma. –Agregó el muchacho con la mirada buscando los ojos de su padre. –Tu ciencia quizás llegue a salvar almas, pero ¿será capaz de salvar vidas?

Richard enrojeció y apretó sus labios. Estuvo a punto de soltar una bofetada sobre la faz del chico.... Estuvo...

El hombre bajó la mirada, tomó el brazo de su esposa... y continuaron en silencio su camino rumbo a la Catedral.

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-7  *  *  *  *

        

         

-Me porté como un estúpido insensible y ruin... –Reconoció el Monfalcon que confesaba su pasado a Fray Bernardino. Suspiró. Y continuó su relato. –A la siguiente mañana, tras bendecir la espada, salimos a pie de Santiago de Compostela. Ibamos hacia un pueblito cercano donde nos informaron que podríamos comprar unos caballos a buen precio para volver a Toledo...

El ayer desbordó nuevamente transfigurado en imágenes y sonidos dentro su memoria.

       

Richard, su padre, por fín había accedido a permitir que Monfalcon portase la espada consagrada, envuelta en un gran trozo de áspera tela café oscuro, la misma tela que usaban para confeccionar los hábitos de los frailes. La familia caminaba apartada del resto de la gente, un numeroso grupo de peregrinos avanzaban por la misma ruta detrás de ellos, distantes, en el tortuoso camino de terracería.

Un recodo en el camino... Los espesos arbustos impidiendo ver más adelante, el sonido de cascos de un caballo acercándose.

Richard hizo lo que tantas veces hiciera durante la peregrinación: Con una mirada sobre los bellos ojos de Selene, le indicó que se quitase la valiosa sortija de compromiso hecha de plata que llevaba puesta, mientras él hacía lo propio con su alianza de oro, para ocultarlas entre sus modestos ropajes.

      

Un hombre montado salió a su encuentro, acercándose pausado. El jinete se aproximó con el rostro bajo, la faz semioculta por el ala ancha de su sombrero.

-¿Cuánto falta para llegar a Compostela? –Le preguntó a Richard, tras levantar su brazo a manera de saludo.

-¿A caballo?  Una hora... –Respondió el padre de Monfalcon, acercándo el grácil cuerpo de Selene un poco más junto al suyo.

El jinete alzó su rostro. Para la familia O´Donovan, el hombre era un desconocido de piel oscurecida por el sol, cicatrices surcando la mejilla, mirada penetrante, casi siniestra... Era Damián...

     

Un instante incómodo. Damián observó a la humilde familia detenidamente, en silencio. Notó el extraño bulto que el joven Monfalcon cargaba entre sus brazos. Parecía una cruz cualquiera envuelta en la tela, como muchas otras. El desdén se dibujó en su mirada al girar su cabeza... y arreó a su caballo para seguir su camino.

       

Richard y Selene apuraron el paso, inquietos por aquél extraño encuentro, buscando apartarse del jinete lo más rápido posible. Monfalcon, sin embargo, permaneció allí temeroso, contemplando al hombre al alejarse.

-Hijo, nunca mires atrás... –Le dijo su padre, el muchacho asintió en silencio, dio tres pasos apresurados sobre el accidentado camino y... tropezó.

Monfalcon vió la espada escapar de sus brazos girando en el aire, desenvolviéndose de la tela, mientras él caía de bruces pesadamente al suelo. Y después, el inconfundible sonido del acero botando sobre las rocas expandióse en el silencio de la campiña.

Damián lo escuchó... Volteó su rostro, vió la fina espada cruciforme tirada en el camino... Y sonrió maliciosamente...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-8  *  *  *  *

         

CONTINÚA EN EL SIGUIENTE ARTÍCULO

 

El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 3, 4 y 5)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de varias escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

        

           

               

*  *  *  *  C-1 / E-3  *  *  *  *

        

         

El hombre de las ropas desgarradas sentía el batir de su corazón, agitado, veloz. Una docena de maleantes comenzaron a rodearlo con las espadas dispuestas para usarlas, miradas amenazantes, rostros sombríos.

De pronto, el ruido de un potente golpe llenó el espacio, las puertas de la taberna habían azotado violentamente al abrirse de par en par.

-¡Viene la Guardia...! –Gritó alguien asomándose al interior del local y los cascos de caballos al galope se dejaron oír cercanos, el sonido agigantándose velozmente.

-¡Vámonos, rápido!

Convertida en un auténtico tropel, la gente abandonó la taberna hecha una pocilga. El tabernero quedóse tras la barra, mirando impotente su destrozado negocio, donde solamente quedaba aquél andrajoso junto al cadáver de su rival.

     

El tipo mugroso descansó la punta de su fina espada en el piso, y apoyó su cuerpo en ella a manera de báculo para arrodillarse ante el cuerpo de Damián. Aún se oía el chocar de los cascos de los caballos sobre el empedrado, cuando su mano buscó la inerte diestra de su enemigo para quitarle un anillo de plata que portaba en el meñique. Una alianza ornamentada con una luna resplandeciente.

-¡Desmonten! –Oyóse una potente voz proviniendo desde afuera, y el ruido de hombres bajando de sus monturas frente la taberna.

El harapiento, sin embargo, con movimiento pausado, colocó aquél anillo de plata en su propio meñique. Cerró furtemente los ojos, y jadeante, recargó su frente en la empuñadura cruciforme de su espada, los largos y sucios cabellos cubriéndole el rostro. Su boca se abrió apenas para susurrar estas palabras:

-Ahora podemos descansar en paz, madre mía... –Sacó de entre sus harapos una daga, apuntó la filosa hoja de acero hacia su corazón, y se mordió los trémulos labios para no derramar una lágrima...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-4  *  *  *  *

        

         

-No te muevas... – Ordenó una voz rasposa, al tiempo que la punta de una espada se posó sobre el hombro del harapiento que, aún arrodillado, daba la espalda a su agresor. La filosa hoja de acero se acercó a su cuello.

-¡Arréstenlo! –Gritó el tabernero haciendo aspavientos de ira con sus manos. -¡Él inició una pelea y mató a ese hombre!

-¿Qué tienes que decir a tu favor? –El oficial de la Guardia mantuvo su espada junto al cuello del desarrapado, al preguntar.

-La justicia desciende a veces por la mano de los civiles... –Respondió aquél. –Yo no maté a un hombre, libré a este mundo de la serpiente...

     

Extrañóse el oficial ante la respuesta del harapiento. Su lenguaje no era típico de quien vistiese tan pobremente como él.

Después agregó el mugroso:

-Quien yace frente a nosotros es Damián, “La Serpiente”...

Y con una mirada, el oficial indicó a uno de sus hombres que revisara el cadáver.

El otro oficial de la Guardia empujó con su bota el inerte cuerpo para colocarlo boca arriba y la sorpresa se dibujó en su rostro.

-¡Es Damián, el ladrón y asesino! –Exclamó al tiempo que notaba cómo la mano del desarrapado aún sotenía la filosa navaja junto a su pecho. -¿Qué diantres estás haciendo? ¡Suelta esa daga! ¡Ahora!

El andrajoso permaneció unos instantes inmóvil, titubeante... Suspiró profundo, tembló su pulso... y soltó la daga.

          

-¡Arroja tu espada al piso! –Le ordenó el oficial que estaba a sus espaldas, y escuchóse el sonido del acero cruciforme del harapiento al caer sobre la duela.

-¿Quién eres? –Le preguntaron.

El tipo mugroso levantó su rostro, miró por encima de su hombro al guardia que hallábase tras él, y le dijo casi jadeante: -Soy Monfalcon...

Luego sacudió la cabeza como si despertase de un mal sueño y repitió casi para sí mismo, cerrando los ojos. –Soy Monfalcon O´Donovan.

Y la luz se extinguió rápidamente para él...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-5  *  *  *  *

        

         

Los ojos del harapiento se abrieron pesadamente. Una intensa oscuridad le rodeaba en un lugar desconocido. Estaba sobre un lecho, en una habitación casi desprovista de mobiliario, con una ventana minúscula cerrada con gruesas puertecillas de madera.

Un crujido, y luego, el agudo rechinar de una puerta que se abría rompió el silencio. La tenue luz de una lámpara de aceite iluminó la figura de un hombre en el umbral.

-¿Es tu primera vez en una celda? –Dejóse oir su voz, suave, afable.

-S-sí... –Respondió Monfalcon y buscó incorporarse. Después agregó. -¿Y tú?

-Yo vivo en una celda como esta... –Sonrió aquél desconocido, apartó de su cabeza una capucha y acercó la lámpara para iluminar su rostro. –Este es mi hogar desde que tomé los votos hace treinta años.

Era un anciano fraile quien ingresaba a la habitación.

-Estás en el monasterio de la Orden de San Francisco. –Le dijo. –Bienvenido, soy el Padre Bernardino.

     

-Es un placer conocerlo... –Atinó a decir el harapiento. -Yo soy Monfalcon O´Donovan.

-Lo sé. –El religioso puso la lámpara sobre una repisa, acercó una silla junto al lecho y agregó mientras sentábase en ella. –Curioso nombre, ¿sabes...? ¿Francés o inglés?

 -Soy español. Nací en Toledo. –Respondió. –Mi padre es irlandés, mi madre... mi madre era del sur de Francia.

-¿Era?

-Sí...

-Dios sabe porqué hace las cosas, hijo mío... Fray Bernardino puso su mano sobre la cruz del rosario que portaba en el cuello. –Y tú, ¿sabes por qué estás aquí?

El harapiento negó con un ligero movimiento de su cabeza.

-El capitán Yáñez de Vera te trajo para que te atendiera... ¿Hace cuánto tiempo que no comes ni descansas lo suficiente?

       

-No importa. –Apresuró el fraile. –Mañana a primera hora vendrán por ti para llevarte al cuartel de la Guardia. Supongo que sabes porqué no estás en prisión esta noche luego de lo que hiciste...

-Creo saberlo. –Sentóse Monfalcon en la cama. –Pero eso no importa... Ya tuve mi recompensa y aún estoy vivo... ¿Me puedo ir?

-Temo que no, hijo mío. –Rechazó el anciano gentilmente. –En verdad me sorprende que pidas irte ahora. Cualquiera en tu lugar esperaría el día de mañana con gran ansiedad, pero tú, tú no...

        

-Quédate sólo esta noche. –Ofreció el religioso con una sonrisa y posó su mano sobre el hombro del desarrapado. –Hablemos. Cuéntame tu historia mientras compartimos el pan, el vino, y después, después harás lo que debas hacer...

              

         

*  *  *  *  C-1 / E-6  *  *  *  *

         

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El Fuego de Azgard, CAPITULO 1: El Tercer Ciclo (Escenas 1 y 2)

 

El texto siguiente es sólo un borrador de dos escenas de “El Fuego de Azgard”. Al concluirse la redacción de toda la novela se procederá a su edición y correción de estilo. (El autor)

         

        

              

       

       

CAPITULO 1: El Tercer Ciclo

   

      

*  *  *  *  C-1 / E-1  *  *  *  *

        

         

La oscuridad fue herida por el destello en una alargada hoja de acero. El aire fue razgado con el silbido del metal surcando veloz el espacio. Luego, las hojas de dos espadas rivales chocaron violento centelleando... Nació la luz, y el tiempo pareció congelarse por un instante aquella noche sobre la España del siglo XVI.

Tarros de cerveza cayeron al suelo, derramando su contenido sobre la sucia duela. Las mesas de la taberna habíanse sacudido al apartarse los bebedores intempestivamente de sus asientos. Miradas turbias por el alcohol y la sorpresa contemplaron el momento en que dos hombres iniciaban una riña, espadas en mano.

       

Los aceros chocaron una y otra vez buscando herir la carne, la duela humedecida por el alcohol rechinaba, crujía con el peso y movimientos de los rivales, las añejas pilastras de madera que soportaban el techo eran sacudidas víctimas de la violenta pelea y la falta de mantenimiento. Y en lo alto, los candiles se mecían amenazando con provocar un incendio al caer...

-¡Por favor, nooo! Mi taberna... –Gimió el dueño del local y un tercer tipo de rudo aspecto le amagó con un puñal sobre la garganta. La turba reía divertida.

        

Continuó la lucha entre ambos hombres, uno de ellos aunque vestía ropajes finos distaba mucho de parecer miembro de la nobleza: rostro ennegrecido por el sol y el polvo de los caminos, cicatrices que evidenciaban una vida dedicada a la delincuencia; mirada maliciosa, siniestra...

-¿Estás seguro que sabes usar esa “reliquia” que llamas espada? –Rió burlón al notar los movimientos inseguros y torpes de su rival en turno.

Su oponente respondió con una mirada desafiante. Era un tipo desarrapado y sucio de edad indefinida, largos cabellos oscuros ondulados y abundante barba descuidada. Un sujeto de aspecto vulgar si no fuese por la lujosa espada que blandía, de empuñadura finamente ornamentada con doble traviesa que le daba aspecto de Cruz de Caravaca.

           

El andrajoso, jadeante, miró un momento su espada y sólo una palabra escapó de sus labios, casi como un susurro: Mamá...

Quedóse inmóvil, sin mirar a nadie. La gente reía a carcajadas, una turba de malvivientes como aquél con quien estábase batiendo.

-Imbécil... –Le dijo su adversario. –Nunca debiste desafiar a Damián, “La Serpiente”... -¡Y se abalanzó presto a segarle la vida!

        

         

*  *  *  *  C-1 / E-2  *  *  *  *

        

         

Nublóse la vista del harapiento por una fracción de segundo. Ante sus ojos apareció una imagen difuminada por el paso de los años: Una bella gitana de largos cabellos oscuros y ensortijados abrazando a un chiquillo de catorce años, arrodillada ella sobre un verde prado a la vera del Camino de Santiago. La voz de aquella mujer dejóse oír dentro su memoria: -Te amo, hijito mío... –Y luego, madre e hijo se apartaron lentamente con los ojos anegados en llanto... Sus ropas estaban manchadas de carmín... tibia sangre...

        

Con agudo silbido, la espada de Damián razgó los aires y el recuerdo de su rival, aproximándose violenta a su objetivo... ¡Pero el andrajoso detuvo en seco el golpe, interponiendo su espada velozmente!

Atónita, la gente vió cómo aquél tipejo mugroso respondió el ataque del delincuente, arremetiendo con una serie de golpes con su espada, ágiles, potentes, ¡imparables!

Damián fue sorprendido. Nunca supo lo que sucedió aquel instante. Ya era muy tarde cuando sus ojos desorbitados contemplaron la hoja de una espada ensangrentada saliendo de entre sus finos ropajes desgarrados a la altura del pecho... ¡El andrajoso le había atravezado el corazón!

        

El cuerpo de “La Serpiente” cayó al piso como fulminado por un rayo, quedando tendido de bruces ante su rival, quien le contemplaba desde lo alto con el rostro semi-oculto por sus largos cabellos.

Un silencio sepulcral reinó en la taberna por breves instantes.

Damián está muerto! –Gritó uno de los hombres que acompañaban al maleante aquella noche, y desenvainó su espada amenazante... Casi al unísono, el ruido de otros diez aceros brotando de sus fundas llenó el lugar. El resto de la gente dio varios pasos hacia atrás...

               

-¡Alto! –Gritó el hombre que amagara con su navaja al tabernero- No vale la pena vengar la muerte de quien perdiera en un duelo tan estúpidamente...

El tipo desaliñado les miró sin pronunciar palabra, sujetando su fina espada con ambas manos. El magnífico trabajo de orfebrería en la empuñadura cruciforme de su acero destelló a la luz de los candiles.

-No le matemos por Damián, entonces... –Masculló uno de ellos con la codicia brillándole en los ojos- ¡Matémosle para quedarnos con su espada...!

           

         

*  *  *  *  C-1 / E-3  *  *  *  *

        

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